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El asombro

Todo comenzó con una imagen: un rebaño de cabras trepadas en un árbol en medio del desierto marroquí.

“¿Qué creen que hacen las cabras ahí?”, nos cuestionó el escritor Alberto Ruy Sánchez al inició de aquella charla en que lo conocí. Debo confesar que, si bien la insólita imagen de aquel árbol vuelve de forma frecuente a mi memoria, suelo olvidar la explicación a aquel misterio. Quizá es un deseo inconsciente de no saber y así poderme inventar una historia.

Había una vez un país lejano donde el desierto era fértil; y los atardeceres tan bellos, que todas las criaturas que vivían ahí buscaban refugio en las ramas altísimas de los árboles para ser las primeras en despedir al sol. Nadie sabe el nombre de aquel lugar, pero se dice que en un idioma ahora olvidado significaba “lugar donde los árboles son torres y el atardecer hoguera”.

Una simple búsqueda en internet me hizo recordar la respuesta olvidada. La razón por la que las cabras trepan las ramas de los árboles es para encontrar la comida que escasea en el suelo rojizo de la región costera de Esauira. Las cabras, igual de hábiles que hambrientas, trepan, a veces hasta 9 metros, para comerse los frutos del argán: un fruto similar a la oliva, que madura cada año durante el verano.

Para las cabras la pulpa del fruto es un manjar y para los humanos las semillas un tesoro, porque de ellas extraen el valioso aceite de argán. El aceite es tan valioso, al menos en la industria cosmética, que a veces se refieren a él como oro líquido. Es por lo que, lamentablemente, aquella imagen de docenas de cabras trepadas en las ramas torcidas de un árbol torcido, que cautivó al escritor Ruy Sánchez, ahora es manipulada por los pastores para conseguir más aceite.

El escritor nos mostró aquella fotografía y nos contó la historia para animarnos a procurar el asombro: esa habilidad de encontrar la belleza y magia del mundo en cualquier parte. Sin embargo, mi curiosidad también me hizo encontrar el sobresalto. ¿Es que acaso son las dos caras de una misma moneda?

Pienso en todos esos fenómenos naturales que aun sabiendo su explicación nos siguen llenando de asombro y en cuántos de ellos hemos intervenido también.

Una de esas historias –que siempre dudé si era verdad o solo una leyenda urbana– cuenta que en el área del valle de Texas, para contrarrestar el terrible impacto de varios meses de sequía, el gobierno estadounidense bombardeó las nubes con partículas eléctricas para provocar la lluvia. Porque la historia me encantó y la conocí de un adulto jamás me atreví a cuestionarla. Cuando era niño había una serie de dibujos animados en las que un grupo de osos tenían superpoderes que disparaban desde sus barrigas afelpadas. Uno tenía el poder de generar arcoíris, otros rayos de sol, otro tormentas. Me gustaba imaginar que los responsables de bombardear las nubes tenían los mismos métodos y buenas intenciones que mis Ositos Cariñositos. Bendita ingenuidad.

La verdad es que sí existe una práctica para sembrar las nubes con químicos mediante aviones y así provocar que llueva. Me sentí decepcionado. Aunque esa imagen de sembrar las nubes con tormentas me parece bellísima, pero de nuevo: a veces el asombro va de mano del sobresalto.

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