Opiniones

1521 y su relación con el siglo XXI

Era Renán Guillermo González Secretario de Cultura de Yucatán y en congruencia con esa responsabilidad tenía el tino de organizar reuniones con historiadores, antropólogos comunitarios y trabajadores de la institución que encabezaba, afines a la profesión de los primeros.

En una de ellas, se hablaba de lo maya y lo español, de los valores perdidos y los adquiridos. La defensa a los actuales mayas no se hizo esperar y la defenestración a los españoles tampoco. Cada uno tenía que dar su opinión cuando le tocara. En mi turno, dije que no me podía sentir ni creer lo que no era. No vivo en ciudades ancestrales, no hablo el idioma original de la península, la base de mi alimentación no tiene relación con la alimentación de la antigua cultura nuestra y no fui educado en lo maya. Por lo tanto, no soy maya, aunque lo quisiera. Es imposible serlo. Tampoco soy español. No tengo una idea de cómo se viva en la península ibérica, no como platillos andaluces, sevillanos o madrileños. No hablo ni pienso a la manera española, no creo, después de siglos, tener registros de sangre española en mis venas; más bien, tengo varias mezclas en ellas. Lo que, si sé y de eso estoy seguro, es que nací en Yucatán, de bisabuelos, abuelos y padres nacidos en esta tierra. Que pienso y hablo como yucateco, que me identifico y me satisfago con todo lo que me rodea en esta tierra. Es decir, solamente pertenezco a la raza mestiza. Y de ella, han surgido manifestaciones culturales propias, que han unido lo europeo y lo atávico de esta tierra. Tenemos ópera y sinfonías mayas, zarzuela yucateca, teatro regional, arquitectura neomaya, leyendas propias, cocina nuestra, vestimenta particular, una manera de hablar única y un sentimiento profundo.

¡Soy mestizo! Respeto a los hispanistas y a los mayistas, pero yo soy únicamente mestizo.

Esto sale a colación,  porque en este 2021 se cumplen 500 años del derrocamiento del imperio azteca y el surgimiento de la Nueva España, México. Vienen tiempos de discusiones, acusaciones, dimes y diretes, valoraciones sobre lo destruido y lo impuesto, etc. Todavía tiene gran peso y valor la cultura del odio, esa con la que nos educaron en la escuela y con mucha literatura de la posrevolución. El muralismo tiene mucho de ese sentido.

Sin embargo, se han comenzado a publicar gruesos volúmenes sobre ese momento histórico, en los que los personajes son reconsiderados y el derrocamiento del imperio azteca es visto de manera novedosa. No se habla de perdones ni de aceptaciones conciliadoras y/o justificadoras. Sencillamente, ubican esos hechos en las fuerzas de la historia, la naturaleza y el hombre.

He leído dos libros: Hernán Cortés, Inventor de México, del diplomático Juan Miralles; y Hernán Cortés, Encuentro y Conquista de Juan Miguel Zunzunegui. Ambas ediciones de 2020. Un investigador francés acaba de anunciar la edición de dos libros biográficos del conquistador de México, Cortés y la Espada, Cortés y la Pluma. En cada una de esas obras se encuentra un nuevo planteamiento de ese acontecimiento histórico que transformó al mundo desde el siglo XVI. Pero lo esencial es que, en cada uno de ellos, se toma distancia del odio a secas. Tienen los autores de esas obras una información vastísima y una cultura general que rebasa los limites de lo imaginado. Bueno, yo creí que después del historiador Enrique Krauze, nadie. No es así.

Al parecer se preparan las baterías en contra de la postura oficial a ese respecto. Alguien ya sacó a relucir lo de la petición del perdón a las autoridades de España. Faltan ocho meses para recordar ese acontecimiento. Y este trabajo es un adelanto de lo porvenir.

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