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Sobre Noticias del vencido

No tiene mucho sentido clasificar “Feracidad del dodo” con afanes eruditos y académicos. Qué más da si es un poema en prosa o un cuento o un híbrido todavía por inventarse. En distintas conversaciones de escritores se ha intentado dirimir a qué género literario pertenece su fulgor expresivo. Quizá el maestro Juan José Arreola lo consideraría un artefacto de varia invención. De seguro, historiadores y estudiosos se encargarán de ubicarlo en los adecuados registros de la preceptiva. Lo de veras esencial es que se trata de un texto bien logrado, de estética impecable, colonizado por una narrativa templada pero no por ello menos lírica.

Desde el párrafo inicial, su autor, Jorge Pech Casanova, establece el vasto universo que transcurre en apenas dos páginas y media. La eternidad del cielo, las conjugaciones del mar, una isla del pasado y las dolorosas reverberaciones de la muerte estremecen al pequeño pájaro que se desconoce en su propio reflejo. El mítico animal se descubre solo incluso dentro de sí mismo. Esa sensación de vacío abrumador, que es en el fondo la metáfora del dodo, marca una constante del libro en el cual apareció publicado: Noticias del vencido (1994).

“El dodo ignora que ha muerto y todos los días, desde hace doscientos años, recorre las playas de la mañana al crepúsculo (…) Busca, sobre todo, un camino que lo lleve muy lejos del mar incesante”.

Entonces Jorge Pech tenía veintiocho años, aunque ya era dueño de una producción de pareja intensidad en la narrativa corta y en el verso libre. Su escalada creativa fue muy rápida. En acaso un lustro había migrado, junto con la narradora Carolina Luna (1964-2018), del ámbito de la promesa en ciernes al territorio de la realidad innegable. Bajo un velo de llama (1989), Roja edad (1991) y Líneas para el fuego (1992) lo venían anunciando y así lo confirmó “Feracidad del dodo”, pero sobre todo el volumen completo de Noticias del vencido, donde siempre es el mal el que habla, siempre una oscura amenaza es la que mira, actúa y destruye al ser humano. Gobierna con crueldad el destino de las víctimas en los acantilados de lo físico y en los abismos de la psique. Pareciera no tener fin esa exploración por los retorcidos confines de la palabra. De cualquier modo, estamos ante un poemario en el cual se cumple el horror de la vida, la peligrosa gramática del miedo: la soledad, la tristeza y la imposibilidad del amor son, en efecto, los sentimientos que dominan desde la apertura del libro con una introducción llamada “Antirretrato”.

“En 1966, el año en que los Beatles comenzaron a ser geniales con Revolver, y mientras un montón de gente hacía cosas casi tan importantes como ésa, a mí no me ocurrió nada más que nacer con toda intranquilidad en una clínica del Seguro, en Mérida”.

Según hemos visto, el libro de Jorge Pech no solo pretende la imagen de la dramática devastación en hombres y mujeres por deseos del poder y de los poderosos; también apela a la ironía, al sarcasmo, o sea, a las formas inteligentes de hacer verdadera literatura. En cada una de sus secciones, tanto en “Viaje a un rostro desierto”, como en “Desde un país lejano”, “Huir otra vez, inmóvil”, pasando por “Los fugitivos” y “El principio poético de estrellarse”, se mantiene el desaliento cuajado de humor. Por supuesto: el poeta sabe reírse de sí mismo en la batalla perdida de antemano. He ahí las noticias de los derrotados.

No hay vuelta de hoja: esta obra reclama una relectura aplicada, atenta, y una reedición que se distribuya a cabalidad con el objeto de que llegue a la nueva generación lectora. A menudo, por el impacto de la mercadotecnia editorial, salimos a la caza de novedosos títulos extranjeros o simplemente de autores en boga, mientras ignoramos los alcances de textos que fueron escritos en la soledad y en la modestia por creadores locales, aunque jamás contaron con la debida difusión. Como el dodo de la historia arriba citada, buscamos afuera lo que vive dentro de nosotros. Tal vez sea este el caso que ahora nos ocupa. Es claro que habrá ganado en poesía quien lea Noticias del vencido.  

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