Cultura

La otra música de Armando Manzanero

“Mi mente vive siempre acompañada de las gentes y cosas que amo. Para empezar, soy una persona que por naturaleza duerme poco, por lo cual vivo mucho”. Y nadie lo duda, porque si algo tuvo el compositor Armando Manzanero Canché (1935-2020) fue el ímpetu de vivir ochenta y cinco años siempre con el alma despierta, insomne en un acorde.

Su libro Con la música por dentro (1995) recorre su vida anterior al éxito y a la fama. Es la prehistoria de quien luego se convertiría en un clásico. Ocupado por la fuerza de sus recuerdos, canjeó momentáneamente el pentagrama por la hoja blanca, su piano por la computadora, para recrear la armonía de aquellos días luminosos, solitarios e inciertos de su infancia, adolescencia y juventud. Se trata, más que de un ajuste de cuentas con sus fantasmas, de un tributo, de un homenaje que el cantautor rindió a las figuras tutelares que, a partir de la humildad de sus enseñanzas, a veces voluntarias, a veces involuntarias, pero en todo momento afectivas, forjaron su temperamento para conquistar los objetivos que se había planteado.

La obra no solo registra la intimidad de una familia y el ambiente de un barrio. Es, además, una reconstrucción física, cultural, social y moral de la Mérida y del Yucatán de aquellos años. Las costumbres ya olvidadas, las tradiciones perdidas y los prejuicios de la época constituyen la atmósfera de estas remembranzas en torno a las que el Manzanero escritor se refiere con ternura, con compasión, con humor, aunque sin dejar de lado la honestidad y el rigor autocrítico para llamarle a las cosas por su nombre.

A buen ritmo, y casi con la poesía de sus mejores boleros, Armando Manzanero describe algunas escenas fundamentales que seguramente acabaron por otorgar el acento romántico a su estilo irrepetible como músico.

Junto con la abuela Rita, el abuelo Felipe, su padre Santiago, su madre Juanita, Rodrigo, Ofelia, Mario de la Selva y la tía Rosa, o sea, personas como capítulos, también están el primer romance, el descubrimiento del mar y el viaje en avión, que completan la partitura vivencial del entonces chan Pil (pequeño Felipe, le decían, en honor a su abuelo) o de “Dito” (según le llamaba su tía Rosa).

Para escribir sus memorias, el compositor narró desde el presente para después remontarse al pretérito. Tejió, de esta manera, una eficaz sintaxis entre los temas abordados y el hilo cronológico de su existencia. La técnica fue siempre la misma: un paisaje, una emoción o un mínimo gesto de la cotidianidad bastaron para detonar en él los episodios más significativos y sus reflexiones más profundas. Ya sea desde Cali y Bogotá, en Colombia; desde Lima, en Perú, desde Nueva York, en los Estados Unidos, o desde las cataratas de Iguazú, Armando Manzanero, trotamundos inagotable, evocó el relato de su venturosa vida, de la que fue su canción más larga.

Sin embargo, y a pesar de su fama indiscutible y de sus logros artísticos, hay en su voz un sentimiento de soledad, de ausencia, de vacío. Algo que, al margen de su escritura, Manzanero sabe que no podrá ser recuperado por completo. De cualquier modo, trae ante nosotros el candor y el coraje que tuvo su abuela Rita para educarlo y para lanzarlo al mundo; o la sensibilidad de su madre o el impulso de su abuelo Felipe. Con un lenguaje que deambula entre lo culto y lo coloquial, buscando antes que nada la sencillez y la claridad expresivas, el músico yucateco más relevante de los últimos sesenta años demostró en esta pieza literaria su gratitud a la raza maya, a la tierra peninsular, a la noche y a las sombras de sus seres queridos, entrañables. Puso de manifiesto su nostalgia por Yucatán desde el primer instante de aquel 5 de mayo de 1957, a las nueve de la noche, cuando llegó a la Ciudad de México para emprender una de las más sorprendentes trayectorias de la música en lengua castellana. Manzanero estaba lleno de interrogantes, desconcertado frente a los arpegios que le deparaba el futuro. Vendrían sus múltiples canciones, sus éxitos por todos celebrados. El veinteañero de entonces comenzaría su lucha por sobresalir, por nunca claudicar. Sabía que la música no tiene y no tendrá jamás un camino de regreso.  

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