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La última conversación

A la memoria de Armando Manzanero

Señor Amor, no tuviste tiempo de despedirte
y tú siempre me decías,
dame un abrazo hermano por si no volvemos a vernos.

Señor Amor; no soy poeta, si no
te hubiera escrito un poema.
Solo soy tu amigo y decidí mandarte una carta.

No puedo imaginar, por qué rendija
se cuela la perversidad del coronavirus.
Es imposible callarlo. Tú; dime Señor Amor, por qué rendija?

Hoy amaneciste como una luna llena,
que le da consejos a los novios.

Hoy, serás un pensamiento.

El viento viene en ráfagas con toda tu música.
El viento se llevó tu sombrerito,
para esconderlo de las musas.
Hoy; el mar escuchará esa melodía muda
que eternamente le cantan a la playa las olas… Hoy el silencio se volvió
áspero e impenetrable.

Qué musicalidad tiene la tristeza.
Tú lo sabes?
José José, puede hablarnos de ello cuando tararea “qué triste fue decirnos adiós”
Ahora tienes un rostro imborrable.

Los coros de este amanecer en el aniversario de nuestra Mérida,
ya no entonan tus canciones,
ahora le cantan a tu inmortalidad.

Nadie puede negar que la muerte es corrosiva y traicionera;
pero no estás solo.
Ya no se dónde estás
a pesar que tu piano sigue tocando
todas las mañanas.

¡Ya no se dónde estás!
Ahora se a qué distancia
está ese árbol de tu tumba.

Ya nadie te podrá abandonar.
Me he empeñado durante estas horas en cuidar a la ausencia
para que no vaya a extraviarse,
mientras los rayos te parten en cachitos
lo poco que te queda del alma.

Por la radio y la televisión me enteré que las tres reinas (Tania, Eugenia y Guadalupe)
no tuvieron tiempo de llorarte y se pusieron a cantar bajo la lluvia…
la silueta de las tres quedó grabada en tu retina.

Mi querido Armado; me saludas a Facundo y Alberto,
y tómate un aperitivo con Jaime Sabines,
para preparar la mesa de nuestro próximo encuentro.

Tu partida fue injusta
a pesar de que la pandemia
te haya pedido perdón
antes de hacerse a la mar
mientras repetía… “no es nada personal”.

No olvides tus recetas de cocina
ni tu última composición.

Yo; ya me puedo olvidar de todo,
para seguir engañando a la maldición.

No se tú… pero yo voy a apagar la luz,
para preparar nuestra conversación mayor;
esa que solo le pertenece a los privilegiados… no se tú;
pero voy a apagar la luz
para no olvidarte… no se tú.

JORGE ESMA BAZÁN

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