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Dzul Dance Company of New York, en el teatro Toro de Campeche

Con todas las medidas sanitarias impuestas por las autoridades de salud, el teatro Toro de nuestra hermana Campeche, acogió a la cantidad de espectadores permitidos (doscientos cincuenta) quienes, puntualmente, ocuparon sus asientos para disfrutar el estreno, en esa ciudad, del espectáculo coreográfico “El Árbol de la Vida”. Composición de Javier Dzul, director de la compañía, nacido en Campeche y radicado desde hace décadas en la ciudad de los rascacielos, donde triunfó y sigue disfrutando de enormes éxitos, esos que nunca hubiera logrado de haber permanecido en su tierra.

Como periodista muy observador y conocedor de los entes que hacen arte en la ciudad de las murallas, me llamó poderosamente la atención no ver en el teatro a ni una sola de las maestras que tienen academias o agrupaciones danzarías y quienes suelen lloriquear cuando se quejan de sus autoridades cuando no les hacen caso o no les brindan apoyos. ¿Cómo se puede pedir apoyos y criticar a los políticos que no les hacen caso, si ellas mismas no apoyan al arte coreográfico, ni le hacen caso a un artista de las alturas de Javier Dzul?

Sergio Núñez y yo, viajamos exclusivamente para presenciar a la compañía de Javier hacer historia seria y profesional en su lugar natal. Me podrán argumentar que, por la pandemia.  Pero el año pasado, tampoco asistieron a la presentación de la Dzul Dance Company. Lo mismo que en Mérida, el arte existe gracias al público en general y no a los artistas, quienes pocas veces ven lo que hacen las agrupaciones artísticas distintas a las propias.

Los espectáculos coreográficos de Javier Dzul, son una mixtura de géneros, pero todos están hechos con una limpieza, cuidado y calidad que nos hablan de un profesionalismo acorde al lugar de su procedencia: el primer mundo en las artes, New York.

Los fragmentos coreográficos que interpretan los bailarines me dejan sensaciones irregulares, atípicas, pero disfrutables todos. Estar de cabeza colgado de una cuerda por varios minutos, gira que gira mientras se manipula a una bailarina, no es tan sencillo como “enchílame la otra quesadilla”. Eso raya en el virtuosismo y…. de los buenos.

Las composiciones de Dzul tienen mucha proyección hacia el piso, pero nos deja sentir que en realidad eso es un acto de mirar desde las alturas hacia abajo. Otro asunto de gran fuerza son sus brazos y manos que estipulan una esencia ofídica surgida de una cultura ancestral, la maya, por supuesto. El jaguar y la pantera, el vuelo del pájaro Thó o de los chichimbacales, hacen acto de presencia en el lenguaje creativo del coreógrafo de El Árbol de la Vida. Tema que puede ser confundido con la artesanía mexicana llamada de ese modo. Me parece que la idea central de Javier es la mujer como árbol de la vida y ¿es equivocada esa idea? ¿De dónde surgimos, hemos surgido y continuaremos surgiendo, no del vientre de la mujer?

Durante un poco más de una hora presenciamos hermosos duetos, tríos, cuartetos y danzas de conjunto. No es posible hablar de los intérpretes debido a la mal sana costumbre de no hacer programas de mano, aunque sea diminutos, para tener una información cabal de lo presenciado.

Javier Dzul se cuece aparte. Sus brazos y figura son enormes, lozanos y musculosos. Sus cargadas y composiciones corporales atractivas y novedosas, aunque tengan como punto de partida algo que hemos conocido.

Me siento satisfecho de viajar pese a la contingencia y de poner mi alma en tono con la danza contemporánea que, por algún tiempo pasado, fue lo mío. Es decir, hablo con conocimiento de causa.

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