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HOMILÍA IV DOMINGO DE ADVIENTO

Ciclo B  2 Sam 7, 1-5. 8-12. 14. 16; Rom 16, 25-27; Lc 1, 26-38.

“Vas a concebir y a dar a luz un hijo” (Lc 1, 31).

In láak’e’ex ka t’aane’ex ich maya kin tsikike’ex yéetel ki’imak óolal. Táan u náadsa’al le Navidad: ko’one’ex líisikba’ jach yéetel ma’alob óol. Bejla’e’ u T’aan Yúum Kue’ ku ya’alike’ bix Yuumtsil tu k’exa’ le ma’alob ba’axo’ob u túukulma’ u beetik Ajaw David, yéetel ti’ Kili’ich Ko’olebil María. To’one’ je’el wa’ u páajta’al k’exi’ ba’axo’ob túukulmaj k-beetike’ ti’olal le ba’axo’ob u k’aat Yuumtsil? U Túukul Yúum Kue’ jach ma’alob, kex ma’ sáasil íilik.

Muy queridos hermanos y hermanas les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este cuarto domingo de Adviento, ya muy próximo a la Navidad.

La primera lectura, tomada del Segundo Libro de Samuel, nos narra el momento en el que el rey David se propone construir un templo, cuando ya se ha conseguido la paz en Israel, y le comparte al profeta Natán cuál es su propósito, buscando su consejo. El profeta lo anima para que siga adelante con su proyecto. Pero luego el Señor le habla al profeta Natán y le manda a decir a David, que a él no le pide la construcción del templo.

Cuántas veces nos puede suceder que tenemos una buena intención o propósito, y por una razón ajena a nuestra voluntad, no podemos realizarlo. Hemos de conformarnos, pues Dios nos habla por medio de los acontecimientos y a veces nos dice que no es su voluntad que realicemos tal o cual cosa buena. Lo que importa siempre es que se haga su voluntad y no la nuestra.

El Señor le manda decir algo más a David, recordándole que él era solamente un pastor de ovejas, que llegó hasta donde estaba por llamado suyo y por su poder. David ha cumplido su misión, y ahora la tarea de construir el templo será para su hijo Salomón. David no le construirá una casa al Señor, sino que el Señor se la construirá a él. Le dice: “Te hago saber que te daré una dinastía… engrandeceré a tu hijo, sangre de tu sangre, y consolidaré su reino. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí, y tu trono será estable eternamente” (2 Sam 7, 12. 14. 16).

Se trata de la promesa del Mesías Rey, Hijo de Dios, pero en la línea humana, descendiente de David. Cada uno tiene su misión y David ya había cumplido la suya dentro del Plan de salvífico Dios.

David expresa su alegría con las palabras del salmo 88, que hoy cantamos diciendo: “Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor”. El salmo continúa afirmando la obra de Dios en favor del rey David: “Un juramento hice a David, mi servidor, una alianza pacté con mi elegido: Consolidaré tu dinastía para siempre y afianzaré tu trono eternamente”. Se trata de una alianza que se extiende a todos los hijos de Dios para beneficiarnos.

Dios lleva todos los hilos de la historia humana bajo un plan. En la segunda lectura, tomada de la Carta a los Romanos, san Pablo para referirse a ese plan usa la palabra “misterio”, una palabra que deriva del griego y que usaban los generales para nombrar a su plan de ataque, y por supuesto que este plan era desconocido para sus enemigos, era un misterio, algo desconocido.

Dice el apóstol refiriéndose al plan de Dios: “La revelación del misterio, mantenido en secreto durante siglos, y que ahora, en cumplimiento del designio eterno de Dios, ha quedado manifestado por las Sagradas Escrituras” (Rom 16, 25-26). Para nosotros el misterio fue anunciado en los profetas, pero manifestado en Cristo con toda claridad. No nos aferremos tanto a nuestros planes: el Señor tiene los suyos, y nos conviene aceptarlos de buena gana, aunque en ocasiones nos causen dolor.

En el santo evangelio, según san Lucas, se nos narra el anuncio que hizo el Arcángel Gabriel a la Virgen María, de que Dios la escogía para ser Madre del Salvador. Fijémonos bien en que el Señor toma en cuenta la disposición de María, no atropella sus planes. En ese tiempo ya había hombres y mujeres que creían y esperaban la resurrección de los muertos, y que expresaban esta convicción espiritual viviendo en castidad o virginidad; algunos hombres incluso vivían en comunidad conventual; mientras que otros y otras, vivían en matrimonio y virginidad, porque nadie en la sociedad podía vivir sin casarse, especialmente las mujeres. Por eso la virginidad de María estaba amparada con el compromiso virginal que también tenía el señor san José, con quien estaba desposada sin vivir en la misma casa aún.

Qué difícil es para muchos en estos tiempos comprender el valor de la castidad y de la virginidad. Hoy en día se ha exaltado al máximo la vida sexual del género humano, como si fuera una necesidad absoluta. Este ambiente cultural actual es propicio para toda infidelidad matrimonial, porque en el pensamiento del mundo no hay que ponerle freno a los deseos carnales; algunos dan razón, supuestamente elevada, para la infidelidad, afirmando que “el amor todo lo justifica”. Hay que ver qué entienden por la palabra amor. Y más que la infidelidad, se quiere justificar toda práctica sexual, en cualquier forma, con cualquier persona, llegando hasta el abuso de menores, del cual ya hay quienes quieren promover su legalidad.

A pesar de todo lo anterior, sigue habiendo matrimonios felices y fieles, que perduran toda la vida juntos hasta que la muerte los separa. También sigue habiendo hombres y mujeres que aceptan el llamado de Dios para una vida virginal en el sacerdocio, en la vida consagrada o en la vida ordinaria, y aunque en este género de vida se han dado algunos pésimos testimonios, la inmensa mayoría de los consagrados y ordenados vive en completa y total fidelidad.

María, pues, tenía sus propios planes, muy hermosos y valiosos, que no incluían la maternidad, pero por el anuncio del ángel, se enteró de que Dios le pedía ser la madre de su Hijo. María era una mujer acostumbrada a obedecer la voluntad del Señor, y sólo pregunta cómo ha de ser esto, tomando en cuenta su virginidad. Entonces el ángel le revela el plan de Dios, de que conciba por obra del Espíritu Santo, y le revela también que su parienta Isabel, que ya era mayor de edad y estéril, estaba esperando un hijo, porque para Dios no hay imposibles.

María manifiesta su asentimiento diciendo sus palabras tan conocidas: “Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho” (Lc 1, 38). Este es el llamado con la palabra latina “fiat”, de María, palabra que significa “cúmplase” o “hágase” en mí. ¿Seremos capaces nosotros de mantener nuestra fidelidad y obediencia a Dios con nuestro diario “fiat”?

Vivamos estos cuantos días que nos quedan para la celebración navideña, con una intensa alegría espiritual, en el seno de nuestra familia nuclear, evitando reuniones y festejos que muchas veces no tienen nada qué ver con la Navidad, cuando olvidamos al festejado, al Niño Dios, que quiere nacer en el pesebre de nuestro corazón.

Que nuestra Navidad se parezca un poco más a la noche de Belén, que transcurrió en la más grande oscuridad, austeridad y pobreza.

¡Que tengan una feliz semana y una feliz Navidad! ¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega

Arzobispo de Yucatán

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