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EL BAILE DE LOS 41

Entre la dirección de David Pablos, el guion de Monika Revilla y las espléndidas actuaciones de Alfonso Herrera, Emiliano Zurita y Mabel Cadena, el cine mexicano ha logrado un filme que gramaticalmente sería un punto y aparte en toda la cinematografía mexicana, por su enorme plasticidad, actuaciones magistrales, sabiduría en el manejo de los espacios, la cámara, la fotografía y el regocijo en la reproducción de una época que de ninguna manera nos es ajena.

Fue muy sabio trabajar la pieza centralizada en el fuego pasional desatado entre Ignacio de la Torre y el licenciado Evaristo Rivas. Ambos personajes aportan a la dirección de David Pablos, sus amplias guapezas cinematográficas, sus ojos que saben explicitar todo con miradas certeras y sus voces que resultan diáfanas, potentes y expresivas. Ellos, solos, son una obra de arte del erotismo, la insinuación y la comunicación a distancia.

Mabel Cadena, en el personaje de Amada Díaz (la hija india de Porfirio Díaz), como nunca antes nadie lo había hecho, supo darle la justa dimensión a la frustración, el deseo de reproche, de amar, poseer y ser poseída, con esos ojos suyos siempre al borde de las lágrimas. De sus labios no sale, más que la palabra justa correspondiente a la educación de las mujeres de ese tiempo. Aun en la cúspide del poder absoluto, representado por su padre, Porfirio Díaz, la resignación femenina era cualidad indispensable, para “guardar las apariencias”, especialmente en las relaciones matrimoniales.

Aprovechándose de la realidad contemporánea versada en todo lo “trans”, se ha querido ver la película como la realización de una fiesta travesti. Y nada más alejado de la realidad real y de la cinematográfica. En aquella época prevalecía la sola idea del homosexualismo furtivo y hasta los mismos maricones decían que “no quiero ser remedo de una pinche vieja”. Esas ideas y costumbres corresponden más a la actualidad que al pasado. En esa perspectiva el 17 de noviembre de 1901, se anuncia un baile anual de disfraces, no de vestidas. Y todos los miembros del club de los 42, se acicalan de manera tal que no pierden sus rasgos varoniles, ni aun los más afeminados.

En ese momento culminante, el director David Pablos, resuelve el acto con una solución eficaz y despojada de melodramas. No buscaba odio ni compasión.

Otra cosa maravillosa es que la película está filmada en locaciones que no va más allá de una manzana del Centro Histórico de Ciudad México.

La película es la historia del gran amor entre dos hombres. Amor interrumpido por la desaparición del licenciado Evaristo e imposible por el tiempo en que sucedió.

El dueño del club de los 42, les dice a los personajes: “me preocupa que lleven sus cosas como hombre y mujer. Eso no va a acabar bien”. Así fue.

El Baile de los 41, es una obra que invita a verse múltiples veces, porque tiene una belleza que la hace digna de verse una y otra vez.

En las imágenes de las fiestas aparece nuestro coterráneo Pablo Mercader Duch, quien movió a medio Mérida para ver la película.

En los créditos finales, ahí estaba su nombre, iniciando una historia que podrá ser lo que él quiera, porque le sobra talento.

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