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La poesía es música a la altura de la conciencia: Rubén Reyes

“A quien viene de lejos me dirijo, a quien viene de la noche y del silencio, a quien viene desde el aire mutilado y desde el sueño”. En realidad, el poeta Rubén Reyes Ramírez se ha dirigido durante sus cuarenta años de carrera literaria a cualquiera que hable el lenguaje de la emoción y encarne la palabra. Siempre ha escrito poesía para respirar mejor la vida entera. Con aquellos premonitorios versos citados arriba, inauguró una trayectoria que ahora se asume prolífica, constante, diversa y leal al verbo. Hay poesía, que no solo en sus poemas, y cueste lo que cueste, en sus ensayos, en sus cuentos, en su única novela y en todas las antologías que ha preparado. La preservación de la memoria histórica en materia cultural también le debe mucho al esfuerzo permanente de Rubén Reyes. Se tiene que ser poeta sin objeciones para organizar tomos completos con las piezas más representativas de sus colegas y con el aliento original de distintas generaciones. Rubén lo ha hecho. Ha revalorado y puesto en su precisa dimensión, como nadie en Yucatán, una tradición lírica de dos siglos a través de La voz ante el espejo (1995) y Los vuelos de la rosa. Mujeres en la poesía de Yucatán (2005).

Su contribución ha pretendido, además de reordenar la cronología literaria, un poco de justicia para autores y autoras de repente olvidados. Delio Moreno Cantón, Rosario Sansores, Luis Rosado Vega, Beatriz Peniche de Ponce, Clemente López Trujillo, Juan Duch Gary, Carlos Moreno Medina y Ernesto Albertos Tenorio constituyen solo algunos de esos nombres ilustres recuperados en sus investigaciones.

De alguna manera, explicó este cometido suyo desde una de sus primeras estrofas: “(…) y la estrategia de los años pronuncia la sentencia exacta: ahora estamos en el tiempo germinal de la esperanza, en el ápice crucial del éxtasis (…)”. Se trata del poema “Aventura”, una de las nueve composiciones, bajo el título de Manifiesto circular, con las cuales figuró en el volumen colectivo Identidad provisional (1981), junto con otros escritores jóvenes de entonces: Jorge González Acereto, Juan Duch Gary, Francisco López Cervantes, Luis Ramírez Carrillo y Humberto Repetto Ortega.

Nacido en 1953, Rubén Reyes ha dedicado gran parte de su existencia al estudio, a la docencia universitaria y a la creación escrita. Es antropólogo social y tiene un doctorado en estudios culturales por la Universidad de Sevilla, España. Su trabajo ha sido distinguido con múltiples reconocimientos tanto locales, como nacionales. Ahora, Rubén y su obra se enfrentan al minucioso examen del tiempo y, en un breve repaso, evoca sus primeros encuentros con el misterio de la poesía.

“Fue en la frontera entre la preparatoria y la universidad. Recuerdo que en esa época sentí, por primera vez, una especie de atracción que se despierta ante lo poético, ante la poesía misma, esa criatura de imágenes y ritmos que finalmente es música a la altura de la conciencia”, dice.

-¿Pero hubo algún momento en particular, un instante revelador sobre tu vocación literaria?

-Puedo decir que todo me llegó por mi cercanía con los integrantes del grupo “Platero”, esa suerte de tener a estos amigos resultó determinante para desarrollar mi trabajo. Ellos me recibieron con mucha generosidad y me ayudaron a intuir lo que sería mi poética, la visión respecto a su propia poesía y de la poesía en general. El poemario Identidad provisional deviene de ese encuentro. Fue mi primera publicación en libro.

-Luego de cuarenta años de creación, ¿qué balance puedes hacer de tus poemarios?

-Primero debo señalar que mi trabajo literario tiene dos vertientes: la poesía y el ensayo. Pero fundamentalmente he sido poeta, he intentado el verbo. En ese sentido, hay algunos libros míos que representan etapas o periodos en el desarrollo de mi expresión poética. Creo que la primera etapa de mi carrera está condensada, de alguna manera, en dos de mis poemarios iniciales: Pequeño brindis por el día y Centinela del espejo. Digo que está condensada por dos factores, el contenido y el estilo, los cuales se corresponden. Citando a Pablo Neruda, puedo afirmar que son textos de la misma zona de la conciencia, de ahí surgen. Esto obedece a una etapa de mi existencia con sus respectivas preocupaciones temáticas y estéticas, que guardan ciertas correspondencias en sus facturas como libros, porque para mí el poema es un manifiesto vital. Una primera cuestión que está de manifiesto en Pequeño brindis por el día es la concepción del poemario, es decir, la noción del conjunto de poemas integrados en un libro; en este caso asumí la elaboración del poemario desde la perspectiva del conjunto de textos, no de poemas sueltos y dispersos. Esto implica que pensé el poemario desde el punto de vista de su estructura, de sus momentos básicos y de cierto clímax, a ello se debe la disposición de los poemas y, probablemente, una apertura y un cierre. Los poemas fueron trabajados más como una unidad que intenta tener un sentido espiral o circular. Dar la impresión de concluir donde se había comenzado.

-¿Qué recuerdas de los días de trabajo en torno a este libro?

-Más que en acciones, pienso en conceptos. Recuerdo, por ejemplo, que ya entonces estaban presentes ciertos símbolos que habrían de acompañarme en ese periodo y que lo caracterizaron. Me refiero, en lo particular, a Pequeño brindis por el día. Uno de esos símbolos importantes es la imagen del espejo, pues representa dos fuerzas: la interior y la externa; es la capacidad de comprender el mundo, como un elemento de lucidez interna, y de proyección, algo que se percibe y se expresa en un solo movimiento. Esta noción estuvo después, ya más evidente, en Centinela del espejo. El otro gran símbolo es el risco, que es un sitio elevado desde donde uno puede asumirse como tal ante sí mismo y ante los demás. Para mí, aunque pueda sonar pretencioso, esa es la imagen de “Prometeo Encadenado”, quien tiene la intención de llevar el fuego, de llevar la luz a la gente, al individuo, pese a la oscura sordidez del mundo. El risco, en cambio, es refugio y al mismo tiempo un sitio para permanecer y ver al mundo frente a la realidad y, por consiguiente, la flama, término que se utiliza para nombrar a la lucidez, a la conciencia. Finalmente, estos primeros libros míos son, revisados a la distancia, más intuitivos, menos intelectuales, más directos.

-¿Aún te reconoces en ellos, reconoces sus influencias?

-Por supuesto. Estoy en ellos y desde ellos. En aquellos años las influencias fundamentales eran, sobre todo, procedentes de la lengua castellana, pero me han acompañado siempre. Por el lado latinoamericano, César Vallejo, Pablo Neruda, así como José Martú y Nicolás Guillén; por la parte mexicana, Carlos Pellicer, y por España, León Felipe, Federico García Lorca, Rafael Alberti y Miguel Hernández. Por ejemplo, León Felipe tendría una mayor relevancia en mi poemario Crónica del relámpago, porque recupero de él la imagen de su poética de la llama. En conjunto, todos ellos son figuras tutelares que han estado conmigo y con mi creación. Pensando en esto de las influencias, alguna vez comenté que en mi segunda etapa (con poemarios como Ocupación del aire, Conjugación de hojas para un crepúsculo, Crónica del relámpago y Extranjeros del alba) hay una meditación mayor del texto y aunque la imagen sigue siendo factor decisivo, hay también una impunidad menor en la elaboración del poema, el cual está más pensado; allí traté de hallar una correspondencia más próxima entre la imagen lírica y el contenido de los versos. Encuentro una influencia teórica, una noción de verso que le escuché a Carlos Montemayor, quien solía decir que el verso debe ser una unidad de forma y de concepto, una unidad de música y de concepto. En esa segunda etapa, mis poemas buscaban una dimensión más amplia del ser humano. La primera es acerca del individuo, de la persona ante su emotividad, subjetividad y expresiones de amor y desamor. La segunda es sobre el hombre ante las frustraciones y gozos de la vida cotidiana y la tercera es la visión del hombre como especie, porque para mí la humanidad se expresa en cada individuo.

La conversación se va en un abrir y cerrar de versos. En la voz de Rubén, como en sus poemas, hay cadencia y ritmo, pausa e impulso, mesura y desahogo; a ratos nostalgia, a veces, arrebatos líricos. Mientras lo oigo, me parece estarlo leyendo: “Que daría si no este instante de la música/ si no esta cantidad de transparencia y esta luz y esta verdad y esta alegría. Qué daría yo, si no por el día, que la simple decisión de estar presente”.

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