Cultura

Juan García Ponce, presente

Juan García Ponce (1932-2003) terminó su trabajo narrativo justo donde había comenzado: hablando de sí mismo a partir del otro. Tal vez sin proponérselo, con este cierre le dio a su trayectoria un remate circular, un efecto de carácter concluyente: en 1966 publicó su Autobiografía y culminó este ciclo con Pasado Presente (1992), una novela de poderoso aliento autorreferencial, cuyo hilo conductor nos muestra al gran memorialista que también fue.

En medio de ambos textos, entre fines de los años sesenta y principios de los noventa, entregó a los lectores el grueso más solvente de toda su bibliografía: Crónica de la intervención, De ánima, La casa en la playa, El gato, El libro y Unión.

Pero, sin duda, es Pasado presente su mejor novela, la más lograda y redonda. En ella se cumple el placer intelectual que alguna vez señaló en una entrevista: “Lo que más me gusta es el hecho de narrar. En ese espacio uno es como Dios: hace y dice lo que le da la gana, hasta puedo provocar que alguien resucite, entonces ¿para qué necesito un Dios?… Por eso soy ateo”.

Es cierto: en esta obra como en ningún otra está su voz verdadera, genuina, moviéndose a sus anchas, ya sin las resonancias estilísticas de Robert Musil, Anton Chéjov o Thomas Mann como las paradojas, los párrafos de índole aforística y las largas digresiones. Tampoco hay homenajes a las estructuras literarias de esos autores centroeuropeos, los cuales determinaron la orientación de varias de sus novelas y cuentos anteriores.

Merece la pena recordar que para García Ponce el asunto de las influencias fue siempre muy distinto al del común de sus colegas. Mientras que otros solían -y suelen- ocultarlas, para el narrador yucateco las influencias debían ventilarse con absoluta libertad. Sobre su cuento La gaviota llegó a decir: “Escribí ese cuento inspirado en Chicxulub durante las vacaciones. Pero el personaje femenino, Katina, es alemana en homenaje a Thomas Mann. Es un modesto tributo, porque incluso los antecedentes de mi Katina son los mismos que los del personaje de Mann. En este aspecto nadie se ha fijado. Toda mi obra está llena de consideraciones de ese tipo”.

Sin embargo, en Pasado Presente García Ponce se enfrentó a solas con la melancólica imagen de su pretérito, con los sedimentos de su memoria, empeñado en restituir una etapa decisiva de su existencia como creador y, en consecuencia, de las letras y de las artes plásticas nacionales del siglo XX.
Entrañable y profunda, en sus páginas aparece la Ciudad de México no solo como escenario, sino como pulsación vital de Salvador Elizondo, Fernando García Ponce, Tomás Segovia, Octavio Paz, Jorge Ibargüengoitia, José Luis Cuevas y Juan Soriano, entrecruzándose siempre con Michelle Alban, Mercedes de Oteyza, Juan José Gurrola y Jaime García Terrés. Algunos surgen transfigurados con otros nombres, algunos más referidos con sus nombres verdaderos.

Es casi seguro que el magnetismo emanado por esta fusión de realidad y ficción encontrará nuevos lectores, no solo por la amenidad del texto, sino porque se trata de la crónica en clave de un México ya desaparecido: el México de la Casa del Lago, de la Generación de la Ruptura, de la Revista de la UNAM y de la revista “S.Nob”.

A diferencia de sus otros trabajos, donde el eje de la historia se concentra en la mujer, el corazón de esta trama tiene por objeto describir y examinar la relación de hermandad y amistad entre varones en un ámbito altamente competitivo como es el de la cultura. Por ejemplo, los escritores en ciernes, Lorenzo (Juan García Ponce) y Hugo (Salvador Elizondo), o bien el pintor Álvaro (Fernando García Ponce) con Lorenzo.

No falta, además, una especie de estampa admirativa con respecto a César Salazar (Octavio Paz), que entonces regresaba al país ya consagrado en poeta mayor después de una de sus largas estadías en el extranjero.
La pieza relata con acciones continuas los escollos que el joven Lorenzo debió sortear para hacerse escritor. Sus problemas estilísticos, sus inseguridades creativas y los dilemas planteados por los géneros literarios se alternan con su vida amorosa y la de sus amigos. Las presencias de Carmenchu, Teresa y Genevive modifican irremediablemente los destinos de Lorenzo y de Hugo, así en la vida como en el arte.

El texto finaliza, de manera abrupta, cuando la carrera del todavía joven Lorenzo empieza su despegue. Se sospechan los mejores años, se anticipan ya sus más grandes pasiones y, por ende, su literatura más relevante, su más legítima poesía, obsequio de la nostalgia. Juan García Ponce no necesitó ir al pasado para escribir esta novela. En realidad, nunca se fue de esa época.

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