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La sociedad coreográfica paz y unión

Los cronistas meridanos hacen crónicas  a partir de la clase media alta, y es difícil encontrar en sus escritos asuntos relacionados con las clases sociales del medio para abajo.

Hasta más allá de la mitad del siglo  XX, existieron en Mérida Sociedades Coreográficas, cuyo fin era participar en las fiestas que tipificaban a cada temporada del año, siendo la más recordada y registrada la correspondiente  a las del carnaval meridano, cuando se unían todas para participar en los desfiles, en los bailes en sus propios locales y en la contratación de orquestas que eran un atractivo que garantizaba una mayor afluencia de público, deseoso de bailar y divertirse hasta agotar todas las fuerzas. Fueron muy famosos el Club Bancarios,  (hoy, convertido en el Hotel Fiesta Americana), y  el Libanes (hoy, el bar el Tucho).

En el barrio de San Juan, a espaldas de su parque, sobre la calle 62, a unos pasos de la 69, hubo un club social llamado Paz y Unión, que aparece registrado en la Revista de Mérida en 1919.  Yo nací,  crecí y pertenecí al barrio sanjuanista, y desde que tuve uso de razón el nombre de ese club social y sus actividades eran tema de plática familiar y vecinal. Ya en la adolescencia tuve oportunidad de acechar desde sus ventanas, para ver sus bailes y participantes.

El local tenía un patio central que servía de pista para los bailadores. Al fondo, un teatrino donde era colocada la orquesta. Los pasillos de sus corredores eran iluminados con focos incandescentes de 75 ò 100 watts y la diversión sabatina tardaba hasta más allá de la medianoche. Era una costumbre muy particular el que una enorme cantidad de personas se pararan en la acera de enfrente, dizque para observar o esperar a que la motivación llegara y se tomara la decisión de entrar. La entrada tenía un costo. Nunca supe de cuanto porque por mi edad no me era permitido el ingreso a esa fiesta.

Después de una serie de piezas musicales bailables, se podían comprar unos sándwiches (supongo de pavo con cebolla curtida) envueltos en servilletas de papel  y tomar un refresco. La alternativa era salir y consumir algo de comida en los puestos que había en las cercanías de la estatua de Benito Juárez García.

El lugar y sus bailes eran apodados La Pastilla. Había mucha formalidad para todo el desarrollo del baile sabatino y, obviamente, era un lugar de nostálgicos, es decir, de aquellos que bailaban con añoranzas las danzas antiguas. Llegué a escuchar a señoras hablar con felicidad del baile de los lanceros. Pero yo escuché tocar en su interior danzones, mambos y chachachás.

Se seleccionaba a la Embajadora del club,  a la que se coronaban y se le rendía especial consideración y se le daba trato de reina.

La Sociedad Coreográfica Paz y Unión, no murió. Fue yéndose poco a poco, al mismo tiempo que todos los habitantes del barrio de San Juan cambiaban de sitio para vivir. Murió el barrio de San Juan como referente habitacional, a la llegada del ADO a Mérida,  que trastocó  a todo el rumbo, hasta convertirlo en lo que es hoy, una diversa zona comercial.

Hasta no hace mucho tiempo, por las mañanas, las puertas del local se mantenían abiertas. Quizá algunos socios sobrevivientes, iban a cumplir alguna tarea con los recuerdos y las vivencias de aquellos tiempos que dicen, todos ellos fueron mejores que los de ahora.

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