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La literatura yucatanense (pasado y presente)

La literatura yucatanense tiene varias vertientes de dificultad. La antigua o no existe porque nadie la ha reeditado o las originales son muy difíciles de conseguir. La contemporánea, casi toda editada oficialmente, no tiene canales de distribución y menos de promoción o información acerca de ella. Muchas de las ediciones oficiales se embodegan, se humedecen hasta convertirse en inservibles. Me dirán que la SEDECULTA tiene una librería, pero es tan escaso su material y con títulos tan poco atractivos que raros visitantes se paran en ella.

La buena literatura en general, (para mi), es la que se puede leer de principio a fin, produciendo una necesidad de continuar sobre sus páginas y temas hasta  alcanzar la última hoja. La que se imprime en la memoria estética y es plasmada con buena sintaxis. O sea, la bien escrita y bien contada. Desde mis inicios de lector, creo haber leído buenas piezas literarias y en tiempos no muy pasados creo haber hecho lo mismo. Leí a la China Mendoza, Ángeles Mastreta, Almudena Grandes, Simón de Beauvoir, Cristina Pacheco, María Luisa Loaeza, y otras más. Soy muy afecto a la literatura producida por las mujeres. Ello sin dejar de lado a la retahíla de escritores de muchas partes del mundo. Con ese cúmulo de lecturas, estilos y temarios, creo que mi sentido lector puede decidir sobre lo bueno y lo malo en las letras. Y en ese sentido me voy a referir a algunos escritores de Yucatán. He leído lo  publicado de Eligio Ancona, quien me ha causado una enorme sorpresa por su calidad y cualidad narrativa. Leerlo es entrar a la luz. Carlos Martín Briceño me ha puesto en la vigilia del sueño cuando he tenido una obra suya entre las manos. Me faltan leer sus dos últimas obras. Tengo que leerlas. A María Teresa Ramayo Lanz  la he leído desde diferentes perspectivas y el placer de su trabajo ha sido la frecuente.

Hoy estoy leyendo simultáneamente a Filiberto Burgos Jiménez, a quien José Vasconcelos dedica unas letras como prólogo a su libro titulado EL HOMBRE QUE NUNCA ESTUVO EN PARIS, editada en 1946,   y a Fabio Chalé Mex. Dos polos opuestos en todo, pero sobre todo  en la temática.  Si escribir bien es tener dominio del idioma y la escritura, en ambos se cubre este requisito. Fabio tiene estudios que le permiten emplear nuestro idioma con pulcritud y fluidez, para darnos el placer de leer sus cuentos campesinos. El es oriundo de Tixpéual y nació en 1947, un año después de la publicación de la obra de Filiberto Burgos.

Los cuentos y/o relatos campesinos de Fabio Chalé Mex, nos exponen un mundo de usos y costumbres del campo yucatanense, y al mismo tiempo nos expone la imaginación popular traducida en asuntos fantásticos y mágicos. Leer su obra es invertir el tiempo en la adquisición de la cultura de los seres humanos del campo, quienes desarrollan su vida,  de manera muy distinta  a la nuestra. Por ejemplo, la responsabilidad consuetudinaria de ir al monte a recoger leña, o vivir regido por el tiempo de los alimentos.

La literatura yucatanense, me parece buena, leíble, aleccionadora. Pero así mismo inconseguible, aunque las autoridades crean que hacen un gran esfuerzo por ofertarla y darla a conocer. Y no hablo de pueblear para dar conferencias y leer textos y sentir que se hace una cruzada literaria. O montarse en un camión y leer unos párrafos de algo. ¡No! No es mi trabajo ofrecer soluciones, hay especialistas para ello y a ellos se debe acudir para resolver ese problema.

Bueno, me quedo con mi placer. Con la extrañanza de no poder saber por qué no conocemos mejor a nuestros creadores literarios. A los del pasado y el presente.

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