CulturaEntérate

Retorno a Versos de luna negra

Por Joaquín Tamayo

Roldán Peniche Barrera (1935) siempre ha privilegiado la poesía, independientemente del tema que aborde. En sus cuentos, en sus novelas, en sus ensayos y en sus artículos, es decir, por encima de todo, la expresión poética ha prevalecido. El libro de los fantasmas mayas, por señalar una referencia, podría leerse como una serie de poemas en prosa. No muy lejos se encuentran, entre otros volúmenes, Yum Pol, el escriba de Dios o Bestiario Mexicano, con algunos pasajes de veras perdurables.


Está claro que el maestro Roldán entendió desde muy temprano que la vida corre diseminada, sin una dirección concreta, y por eso no tiene argumento, pero sí una corriente lírica, y que esta es una de las formas más eficaces de ordenar el mundo, de organizar sus múltiples tramas y cortes.


Ante esta impronta, resulta necesario detenerse en Versos de luna negra, un breve poemario que se ha fortalecido, de manera irrefutable, a través del tiempo y de sucesivas interpretaciones emanadas de nosotros, sus lectores. El texto no ha envejecido; de hecho, parece rejuvenecer dentro de uno. Ese es el efecto de la verdadera poesía.


Publicada en 2002, esta pieza expone a un autor en pleno dominio de su arte; de palabra magnética y sopesada. He aquí a un artista despojado de influencias, únicamente en duelo con su propia voz y sin más intermediarios que los devaneos de la existencia misma.


Suerte de memorias en verso y a renglón seguido, el poemario recupera la natural vocación de Roldán Peniche por la evocación desnuda. Su poema Nostalgia por la ciudad de Mérida (1990) ya había demostrado estas características en su estilo. Pero es en “Las noches del Club Rand´s en siete tiempos” donde va más a fondo para recrear no un espacio, sino un estado de ánimo.

Veamos:
“Adiós, mi querido Bob Warren, natural de Chicago, brujo del pentagrama/pequeño Handel de los parroquianos borrachos del Club Rand´s: Yo me regreso a mi México sobrado de liturgia decembrina/ a mi plaza rota y a mi catedral/ a mi pulque al que solo le falta un grado para ser carne/ a mis coyotes urbanos/pícaros en buena ley/ a mi pueblo de comal y de metate donde a dos arados cultivo mi tierra de cordiales calaveras y mi tambor habla por mí para anunciar mis glorias”.


La idea medular del poemario es, en realidad, la reconstrucción de la estancia del poeta en ciudades norteamericanas: San Francisco y Los Ángeles, esencialmente. Sus rincones, sus calles, el hacinamiento de sus edificios, de sus bares y de sus noches, así como los ambientes a ratos opresivos y decadentes, que rechazan sin piedad la idea del manido sueño americano, proyectan el tono triste de su discurso en una geografía adversa, inhóspita, entre mediados de los años cincuenta y mediados de los sesentas del siglo XX.


Se trata de la aventura y del viaje o del viaje de una larga aventura. Si bien es cierto que en Versos de luna negra no faltan los apuntes sobre sitios, personajes y costumbres relativos a Yucatán, tampoco se puede negar que la potencia del libro está cifrada en esa remembranza dolorosa y melancólica desde el autoexilio. Ahí el poeta se despide de la ilusión de su juventud y comienza paulatinamente a exiliarse en el adulto establecido que pronto habría de ser. Su canto tiene un aire de monólogo confesional, de recriminación y de arrepentimiento.


En “Pequeña crónica de un voyeur”, Roldán Peniche escribe:
“Me entristece pensar en Mac, mi amigo ítalo americano de Los Ángeles: tuerto de un ojo (Polifemo doméstico) virtuoso en su pecado de voyeur, de atisbador, de fisgón, de cazador furtivo de la noche (…) No sé si Mac persista en aquella afición/ avistando torsos/ catando la rosa de la carne; pienso más bien que arrumbó el largavista y hoy se espanta la mosca del tedio y se mece en el sillón de su vejez. (O quizás ha muerto y su calavera filosofa de sus abuelos cíclopes)”.


Como hemos confirmado, con unos cuantos movimientos verbales el poeta reconquista la luna llena de sus recuerdos. Así, en presente. Y revela que la virtud de su oficio radica en mostrar, en describir impresiones y circunstancias antes que en aplicar juicios de valor. Aunque a menudo se ha dicho que escribir poesía es un ejercicio sobre todo juvenil, Roldán Peniche desmiente esa premisa. Al contrario, se coloca como excepción a la regla, pues en su técnica ya madura, ya libre, se cumple de nuevo el veinteañero que un día fue y que seguirá vivo por encima, incluso, de cada uno de nosotros, sus acérrimos lectores.

¿Te gustó está nota? ¡No esperes más!, Síguenos

Artículos Relacionados

Deja un comentario

Volver arriba botón
Cerca de