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Víctor Garduño alrededor del cuento

Por Joaquín Tamayo

Sin dudar, sin siquiera tomarse el tiempo para una respuesta meditada, el escritor Víctor Garduño dice que todos estamos siempre cerca de un cuento. Nadie escapa a su hechizo, nadie resiste el gobierno de su imantación ni puede evadir sus resonancias. El cuento está de forma inherente en el espíritu humano. Hombres y mujeres llevan algunos o muchos de sus sedimentos dentro de sí. Por eso es el género más antiguo y más nuevo, el más popular y más entrañable. “Nos gusta contar y oír cuentos”, explica este narrador nacido en Mérida en 1959.


“Asunto único, poda de personajes, imaginación, tensión, elusión, intemporalidad”, son los atributos que Garduño señala como inamovibles del género en su prólogo para el libro Lo breve, si bueno (Cuentos de Hipogeo), producto de su taller literario con el mismo nombre.
-Así que elegiste el cuento…


-Yo podría decir que fue al revés, al menos eso es lo que creo: el cuento me eligió a mí y espero que esto no se tome a presunción: el cuento está por encima de nosotros, por supuesto… Simplemente así se dieron las cosas. Qué curioso: he pensado en este asunto, en el tema de los géneros quiero decir, durante los últimos años, y cada vez estoy más seguro de que el cuento me escogió. Era algo que yo tenía en mi temperamento. Desde que estaba muy joven, desde que era niño, pensaba en contar cuentos o en escribirlos; yo quería narrar algo para maravillar a la gente.


-¿Cuándo decidiste ser escritor?
-Fue en la adolescencia. Aquel dicho de tener un hijo, sembrar un árbol y escribir un libro se apega bastante a mi historia. La verdad es que yo, en un principio, no pensaba en ser escritor. Solamente quería escribir un libro de relatos. En ese tiempo hubo lecturas que detonaron ese deseo. Yo leía leyendas, cosas de humor y, clandestinamente, algunos documentos de mi papá: sus cartas de amor, sus poemas. Mi papá era encargado de una modesta biblioteca de Tekax. En ese espacio tuve la oportunidad de conocer obras importantes y leí cuanto pude.

El estilo de mi ánimo

De prosa contenida, casi tajante, aunque también de impulsos líricos, Víctor Garduño Centeno ha publicado alrededor de veinticinco cuentos distribuidos en títulos como Los otros misterios, Vivirás como si fuera cierto, Noción de infierno y Designios de la noche, además de que ha participado en distintas antologías de narrativa breve. El tono de su escritura siempre ha conjugado la atmósfera realista con sucesos fantásticos apenas perceptibles. Su obra suele encaminar al lector a inesperados desenlaces: circulares y abiertos, contundentes todos, a través de argumentos destinados a mostrar el alto contraste de sus personajes. La traición, la venganza, el placer, el dolor, el humor, el sexo, el amor y la muerte, en fin, la enigmática oscuridad que hay incluso en los instantes de iluminada plenitud.


-¿Entonces cómo defines tu estilo, a quién se lo debes?
-A los autores que para mí han sido esenciales. Yo me sentí muy emocionado cuando leí por primera vez a Julio Cortázar y a Anton Chéjov, por darte una muestra. Luego quedé sorprendido con Jorge Luis Borges. Pero quiero señalar que ellos influyeron no tanto en mi estilo, sino en el estilo de mi ánimo, que es diferente. En la escritura no tengo nada de ellos, aunque sí determinaron que yo me decidiera a escribir en serio. Así comenzaron a tomar forma mis primeros trabajos. Desde ese tiempo me preocupé, en cuanto a mi estilo, a que mis textos tengan cierto lenguaje literario, algunas imágenes y mucha invención. A estas alturas, no puedo decir que yo tenga un estilo; eso sí, casi siempre me esfuerzo en que el cuento tenga su propio estilo, a veces fantástico con una base realista… Es que es todo tan variable…


-¿A qué te refieres?
-A que hay cuentos en los que el lenguaje arma el texto por sí solo. En algunos cuentos de Cortázar, por ejemplo, sucede esto que acabo de comentar.


-Especifica, por favor…
-Mira: yo no estoy de acuerdo en que un escritor haga su estilo y veamos siempre el mismo estilo en cada uno de sus textos. No, no. Un escritor debe saber abandonar ese estilo antes de que se agote. En pocas palabras, creo que es el cuento el que debe decirnos cómo será escrito. Para mí, el cuento debe ser una propuesta que cale hondo, más hondo que la realidad; debe tener un giro, un artificio en su construcción y eso no puede hacerse con un esquema predeterminado. Además, no lo olvidemos: hay que decir mucho con pocas expresiones.

Sin saber a dónde ir

Desde sus relatos iniciales, Víctor Garduño intentó serle fiel a esa máxima: brevedad y profundidad en simultáneo. En “El cíclope”, uno de sus cuentos más tempranos, cumplió esta premisa. He aquí un fragmento: “Estas frente a él y te mira con su único ojo, ese ojo dominante… Su presencia te recordó los pensamientos que habitan en ti desde hace unos días, impresiones que no te imaginaste cuando le abriste tu casa y tu cuerpo varios meses atrás”.
-Después de tantos cuentos, ya no buscaste la novela.
-Sí aspiré a la novela. Tengo una en un cajón desde hace muchos años. Suelo revisarla y en eso estoy. Este fue en realidad mi segundo intento. Tentativamente se llama “Una forma de imposible” y trata de que a veces la felicidad y la frustración no pueden convivir en el individuo aunque por lo regular están juntas.


El primer intento novelístico, sin embargo, se remonta a la época en la que yo estaba en el taller del maestro Joaquín Bestard. No sabía a dónde iba; llegué a tener diez capítulos. Luego me di cuenta de que esos capítulos eran cuentos, así que rescaté algunos y los demás los eliminé. Seguí en la narrativa corta y en el ensayo.


-Ensayo literario…
-Exacto, no académico. Ese tipo de género, para mí, debe ser breve. De hecho, encuentro varias similitudes entre este tipo de ensayo y el cuento. Fíjate: ambos deben tratar un solo asunto, una sola idea y por lo tanto requiere de brevedad. Mi prototipo de ensayo no debe exceder las tres cuartillas, un poco el modelo de los textos de Alfonso Reyes.
-Volviendo al tema anterior, ¿qué aprendiste en el taller de Joaquín

Bestard?
-Fue una experiencia muy rica y, a su vez, deprimente. Rica en cuanto a que pude ampliar mis lecturas, conocer herramientas para el oficio, y deprimente porque uno llegaba con muchas expectativas por sus cuentos; pensábamos que nuestros escritos tenían muchas posibilidades, pero luego veíamos que no. Fue un enfrentamiento muy fuerte, pero me ayudó. Lo cierto es que el taller de Bestard no estimulaba la creación, sino que se centraba en los errores para luego mejorar. En concreto, aprendí a desconfiar de lo que uno escribe, es decir, a revisarlo hasta el cansancio, a buscar los desaciertos, a detectar las fallas. En segundo lugar, aprendí a que uno no debe guiarse por un solo gusto o línea, sino que es necesario estar abierto a otras opciones. No hay que sujetarse a una sola corriente.

Kafka y los jóvenes

Casi toda la conversación de Víctor Garduño gira en torno a la escritura, a la poesía. Sus esquemas, sus tendencias, los cánones del género, los clásicos y la experimentación o el despegue de una nueva modalidad de vanguardismo aparecen en su voz. Este escritor podría reflexionar acerca del tema durante horas, durante días enteros, ya sea a propósito de Joyce o de Octavio Paz o de la genialidad Kafka, “a quien tengo la impresión de que los jóvenes no leen; ellos no han sabido apreciar esa gran obra”.
Minutos después evoca el trasfondo de un libro y la biografía de un novelista. Ahora, ya para concluir, se le ha pedido que mencione sus cinco cuentos favoritos: “Casa tomada”, de Cortázar; “El rinoceronte”, del libro Confabulario, de Juan José Arreola, no el de Bestiario, aclara.


-¿Cuáles más?
-El llano en llamas, completo; todo Borges, todo Chéjov y de Felisberto Hernández con Nadie encendía las lámparas… ¿Lo conoces? ¿No?… Entonces déjame contarte el cuento.

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