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Seis y media de la tarde ¿qué pasó aquí?

Por el centro de la ciudad, la lluvia meció el atardecer de una manera rápida, como un suceso más en estos días vestidos de gris.

En ese ambiente, tuve que salir porque hay cosas para la dieta que solo son posibles de conseguir ahí por San Ramón, en las cercanías de City Center.

Al agarrar la calle 60 rumbo a Cordemex, sentí el tráfico un poco pesado y al poco rato, vi  a la distancia las torretas de  unas carropatrullas encendidas  señalando una alarma. “¡Ay, Dios, con seguridad, un choque! Con eso que la gente, después de tantos meses de  encierro ha salido a las calles con el ritmo corporal más acelerado que nunca”, me dije. Al acercarme al lugar, un árbol estaba tendido en el piso, mientras una dama discutía  con unos policías, pero, no, no había accidente vehicular. Al parecer el árbol cayó junto a su coche y tenía un ataque de nervios.  Con precaución, seguí mi rumbo, para a las pocas esquinas encontrarme con un robusto árbol caído, tapando toda la arteria vehicular. Hubo desviación de tráfico.  De nuevo la policía con sus vehículos entraron en acción. Los semáforos habían sido dañados y el trafico era dirigido por señas. “Estuvo fuerte la cosa”, dije para mis adentros: ¿fue turbonada, vientos ciclónicos…o qué, qué cosa? Ya uno no sabe que nos tiene deparado la naturaleza. Retomando mi camino rumbo al CC Siglo XXI, más árboles, pero partidos por la mitad, o sus ramas arrancadas, o aquellos de reciente plantación, por la reforestación que implementó el Ayuntamiento de Mérida, arrancados de cuajo.

De regreso a la casa, en las redes sociales algunos vecinos del rumbo daban noticias de los árboles caídos, pero no la causa. Una de ellas, hasta vio un incendio entre las ramas de uno de ellos, de gran tamaño.

La verdad es que yo no pienso ni en castigos divinos ni de la naturaleza. Tampoco en extravagancias de ella. Siempre deben haber pasado estas cosas. Lo que sucede es que la ciudad ha crecido tanto y nosotros nos movemos con tanta facilidad de un lugar a otro, que tenemos, ahora la oportunidad de ver que pasa a treinta kilómetros de nuestro hábitat. Antes los sucesos de Xcumpich, Xcanatùn, Tamanchè o Dzidzilchè, eran experiencias, buenas o malas,  para sus habitantes nada más, y nosotros, ni en cuenta. Todos vivimos una mini globalización. Hoy por hoy, así como nos enteramos al minuto qué  pasa en Pekín o Moscú, nos sucede igual con los lugares cercanos a Mérida,  que antes nos eran distantes y ahora los tenemos enfrente de nuestros ojos. Por eso me dije “¡Ey, qué pasa aquí, en la calle 60, a las seis y media de la tarde!”

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