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La ausencia de arte en Yucatán una tradición que viene de lejos

Antes de morir, el Papa Urbano IV instituyó la solemnidad del Corpus Christi como práctica universal para toda la cristiandad. (Concilio de Trento 1545-1563). En 1585, el arzobispo y virrey de Nueva España Pedro Mora de Contreras, implantó en el virreino, los decretos surgidos del mencionado Concilio. Entre ellos, la celebración del Santísimo Sacramento, que se iniciaba con la misa de Santo Tomás de Aquino y al concluir esta, venía una imponente procesión de la Eucaristía portada bajo palio, escoltada por las autoridades virreinales, cabildo, clero y pueblo. La primera celebración de Corpus Christi en México, la encabezó el obispo fray Juan de Zumarraga, quien dice que en “la fiesta abundan bailes, juegos, mascaradas, carros alegóricos, danzas indígenas, representaciones teatrales y demás mundanidades”. Es decir, todo un documental artístico reunido en una sola escena, resultando ser para casos prácticos, una viva fuente de información artística.

En todos los casos documentados, la procesión era encabezada por la Tarasca, animal entre dragón y serpiente, confeccionado con madera, pasta y tela, llevando en su parte superior músicos, danzantes, enanos, monos y otras figuras. Esa efigie monumental representaba el mal, a quien derrotaba el Santísimo Sacramento. Detrás de ella se representaban pasajes bíblicos y mitológicos.

Escenas como las anteriores se encuentra muy bien documentadas en el caso de Puebla, en especial durante el arzobispado de Juan de Palafox y Mendoza. Algo similar podemos decir de Oaxaca, Morelia y Tlaxcala. La excepcionalidad salta, al igual que en otros aspectos, en la Mérida de finales del siglo XVI, y durante todo el XVII. ¿Por qué? Los españoles de la Mérida de esos años, no parecían muy vinculados a las celebraciones fastuosas y desarrolladas en el arte. No debemos pasar por alto que cuando Alonso Ponce de León y Antonio de Ciudad Real, después de haber sido recibidos con muchas fiestas, cantos músicas y bailes, en distintos pueblos, en Mérida solamente recibieron “ solemnidad y gran regocijo”. En Guatemala, hasta el día de hoy tiene enorme fama la celebración del Corpus Christi. John Stephens, en 1843, habla de esa celebración religiosa en Mérida, la cual le parece pobre, comparándola con la del país centroamericano, donde la había visto.

La unidad barroca en los aspectos educativos, filosóficos, científicos, arquitectónicos y artísticos, no tuvo desarrollo ni reflejo en la capital de Yucatán de la décimo séptima centuria.

A pesar de las ordenanzas del Concilio de Trento (iniciado tres años después de la fundación de Mérida), los modelos y patrones del arte barroco, suntuoso, teatral y dinámico, -cuyo objetivo era impactar a los devotos cristianos-, tampoco tuvieron presencia en la cuna meridana.

El retablo, peculiaridad barroca y española, la pintura mural, la orquesta y sus novedades sinfónicas, compositivas e instrumentales, y el teatro litúrgico no movieron las entrañas sensibles de los encargados de aquel entramado en Yucatán.

¿Existió algo de todo ello en la península maya? Después de recorrer todo el estado visitando capillas, conventos e iglesias, solo logré conocer desdibujados personajes adheridos a los muros de algunos sitios donde se reunieron los profesos de la cristiandad, y encontrarme con nichos vacíos en altares que debieron haber sido retablos, y a algún sacerdote, que desde su hamaca, me comentó que solo guardaba, “quién sabe dónde”, algunos villancicos.

Del retablo como fuente de información artística, en el convento de Maní, me encontré, en la base de uno lateral, la celebración, escueta, del Corpus Christi. Vemos en él a la Eucaristía sin palio, detrás de ella a dos frailes, y a los costados representantes del poder civil y social. Destaca un chivito hincado ante la presencia de la sagrada Eucaristía, que en realidad debería de ser una mulita, según el milagro original, y que dio origen a la tradición de regalar ese animalito en barro.

Como vemos, en Yucatán no hay existencia de documentos de fastuosas festividades, ni la fusión oficial de las razas entre sí, pero una vez más, comprobamos que los yucatanenses hacen su propia versión de las cosas. Antes hablé de que aquí a Dios lo convierten en Santo, y ahora vemos que a la mulita que dio origen a la tradición de regalar a ese animalito en barro, la convirtieron en chivita. Y además, mientras el mundo bullía en artes, aquí se vivían escaramuzas y jaloneos entre frailes franciscanos y políticos.

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