Cultura

Se han desfondado el cielo y las remembranzas

Usurpación” Foto: Michele Moreno

Entre el martes dos de junio y hoy miércoles, han alcanzado para la memoria colectiva, varios eventos impactantes y no puedo afirmar que trascendentes. El lunes se inició el anhelado surtimiento de bebidas embriagantes, mediante un racionamiento tipo la isla mayor del Caribe. Esa autorización era la más esperada e importante entre los bebedores consuetudinarios y los sociales. Junto con esa medida, venía la otra consistente en iniciar algunas labores para que trabajadores y empresarios pudieran ir haciendo acopio de recursos económicos. Yuxtapuesta a esa iniciativa, surgió el terror de la gente por un posible aumento en el contagio del COVID 19.

Ese regocijo y el terror de salir a las calles, fueron aplacados cuando ayer porn la mañana, a eso de las ocho y media, el cielo se hizo ver y escuchar con una lluvia que creímos se detendría al anochecer. Ella siguió de largo. Me dormí a las tres de la madrugada y todavía estaba en el antepatio de la casa y sobre todos los flamboyanes del Centenario y los Tabachines de la casa.

Ayer, 2-06-2020, el suceso era la visita del presidente López Obrador, para dar el banderazo de inicio de las obras del tren maya, pero el cielo con su lluvia, no quiso perder su protagonismo. No hubo desquiciamiento, aspavientos ni expresiones de inconformidad, porque la gente, después de tantos días de encierro, ya encuentra el lado amable de cada adversidad. “Esto es lo de menos”, dicen.

En este encierro físico, mental y orgánico; ante esta lluvia sinfín, los recuerdos andan desatados y me llevan a volver a encontrarme a la capacidad resolutiva de mujeres antiguas. Nada era desperdiciado en la vida doméstica. Cascaras de naranjas, tortillas chuchules, pan duro, cartones, periódicos, trapos viejos, troncos, maderas, pedacitos de velas y veladoras, y todo lo imaginable, tenían un uso en un momento determinado. “Nunca sabes cuándo te puede servir”, decían las mamás antiguas. Y era cierto todo ello. Algunas de esas cosas servían de combustible, (naranjas, cera, papel y troncos), las otras para crear alimentos, y los trapos para quemarlos y espantar las plagas de mosquitos.

Cuando llegaban las lluvias habían dos cosas que cambiaban a vista de todos: la sal que se hacía casi liquida y los fósforos que no prendían. Sin sol, no había posibilidad de crear fuego. ¿Qué se hacía, entonces? Mi chichi, prendía carbón una sola vez, usando gas morado, retazos de papel y un fósforo. Cuando terminaba de cocinar, apartaba las brasas más grandes y las apagaba. Dejaba montoncitos de xix de carbón y unos trozos grandes, los cubría perfectamente con las cenizas, que mantenían, durante horas, la capacidad ígnea de aquello guardado. En su momento, apartaba las cenizas, ponía nuevos carbones en la hornilla y con varios soplidos de su boca avivaba la llama. El fuego nunca se acababa en la casa, y para ello, solo utilizaba un fósforo.

Estoy seguro, que, en su momento, algo de ello me será de utilidad, aun en pleno siglo XXI.

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