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Fernández de Lizardi, dos novelas

José Joaquín Fernández de Lizardi es un escritor mexicano nacido en 1776 y muerto en 1821. Estas fechas nos revelan que, como muchos americanos, entre ellos los héroes de la Independencia de varios países de este continente, fueron influidos por la luminosa corriente de pensamiento denominada Ilustración o Siglo de las Luces, inspirador de la Revolución Francesa que inició en 1789.

El crítico literario Vicente Quirarte define a Fernández de Lizardi como “iniciador y pionero», un “hijo de la Ilustración que tocó a las puertas del Romanticismo”. (1)

Esta herencia cultural se observa muy claramente en su novela La quijotita y su prima, en la que un coronel se la pasa dictando cátedra de ciencia y civismo a su familia y a gente cercana, y en cierto momento de la obra se enfrenta a las supersticiones de la época, que abundaba en fantasmas, aparecidos, demonios y otras supercherías.

No obstante estos antecedentes, es necesario apuntar que en la mencionada obra esos atributos de librepensador se ven oscurecidos cuando el autor recurre a un pasaje bíblico que le otorga al género masculino autoridad sobre la esposa, cuando Jehová le dice a Eva: “hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará”, detalle analizado en mi próxima pasada colaboración (“Jehová, autoritarismo, rebelión, cultura”) para estamosaqui,mx. (2)

Fernández de Lizardi acepta sin más ni más este dogma, y trata de ajustarlo a su pensamiento vanguardista aduciendo que la superioridad del hombre respecto de la mujer es sólo física, pues en lo espiritual son iguales, según afirma ese vocero del pensamiento de Fernández de Lizardi, el coronel retirado Rodrigo Linarte, uno de los personajes centrales de La quijotita y su prima.

Tomando la leyenda de las amazonas como hecho histórico, según investigaciones del autor inglés Robert Graves en su libro Los mitos griegos, esta hipótesis de la supremacía física del hombre sobre la mujer es también dudosa. Asimismo, el matriarcado que se observa en el Istmo de Tehuantepec, donde las mujeres son robustas, hermosas, ataviadas con vistosas indumentarias y rutilantes joyas de oro, mientras muchos de sus esposos, de mermada fisonomía, hacen labores domésticas, también pone en duda la superioridad física de los hombres, aunque este matriarcado es motivo de discusión entre el gremio antropológico.

Sin embargo, antes de abundar un poco sobre La quijotita y su prima, vamos a permitirnos hablar sobre otra narración de Fernández de Lizardi, mucho más famosa y perteneciente al género picaresco, El periquillo sarniento, que tiene algo sutil que ver, como intento demostrar, con La quijotita

En primer término, debo confesar que mi apreciación de El periquillo sarniento parte de una edición (2006) del gobierno federal, sintetizada por el connotado escritor Felipe Garrido con mucho acierto, según me parece, porque según apunta éste eliminó algunos pasajes digamos que pesados de esta narración, que originalmente se publicó en cinco tomos.

El resultado es que esa edición infantil, juvenil y familiar de El periquillo sarniento, se deja leer con interés, porque ha devenido amena gracias a la edición resumida de Felipe Garrido.

Por otra parte, esa misma edición tiene la virtud de estar ilustrada muy acertadamente por Sixto Valencia, nombre que quizá para la mayoría de la gente no significa mucho, pero si acotamos que es nada menos que el autor de los dibujos de la historieta Memín Pinguín, que hizo época hace unas décadas, al grado de que se vendía por cientos de miles cada semana, entonces aquilataremos más su presencia en esta novela de Lizardi.

El caso es que La quijotita y su prima merece también una edición recortada, porque los discursos moralistas del mencionado coronel se repiten una y otra vez hasta que llegan a ser tediosos, de modo que una pulidita no estaría mal para acercar esta obra a un mayor número de lectores.

Debo confesar también que a la mitad de la lectura de La quijotita…  pensé seriamente en abandonarla, pero un pequeño resto de disciplina que me queda me obligó a darle fin, y como no hay sacrificio sin recompensa, me divertí mucho con un pasaje de La Quijotita, cuando esta muchacha cree que se le aparece el diablo en su recámara y su tío, el mencionado militar, le demuestra que un aguamanil y un gato encima conforman el diablo que cree haber visto en su alcoba, en la madrugada.

Impresionada por este hecho, esa muchacha, de nombre Pomposa y dada, junto con su madre, a pasar la vida en frivolidades, decide convertirse, pero la vida de monja no le parece suficiente y entonces decide escapar de su casa en la noche, ataviada con una rústica bata, para convertirse en ermitaña, y entonces vaga por la ciudad de México pasando mil penurias, hasta que cae desmayada en un andurrial, donde un humilde matrimonio de indios carboneros la socorre y ella, al despertar, cree que los ángeles han acudido a salvarla, y les dirige un discurso con palabras elevadas, incomprensibles para esa pareja, exactamente como los que acostumbraba Don Quijote en sus delirios.

No resisto la tentación de compartir ese discurso alucinado de esa chica, que así reza:

“—Paraninfos (3) sagrados, soberanas inteligencias, que en alas de los mansos cefirillos (4) habéis descendido del Olimpo para restituirme a la tranquilidad antigua: yo me postro ante vuestra faz resplandeciente, os doy gracias y os suplico, no me desamparéis en mi corta peregrinación, pues temo que en estos páramos me sorprenda la muerte cuando menos lo piense, como asalta el fascineroso (sic) ladrón a los descuidados caminantes.”

Previamente, en ese mismo pasaje, Fernández de Lizardi narra que unos soldados andaban de parranda, y un grupo de ellos fue a dar en un velorio donde reposaba una doncella muerta, adornada con un sayal y flores en la cabeza, pero siguiendo un impulso malévolo, uno de esos soldados empezó a burlarse de la muerta hasta que fue reconvenido por el monje que oraba postrado ante el cadáver.

Luego, ese grupo de soldados empezó a contar historia de muertos, espantos, apariciones y demonios, “sin olvidarse por supuesto del diablo”, hasta que fueron llamados para cubrir su turno de centinelas nocturnos, y ese soldado burlón, en su puesto de guardia empezó a tener miedo bajo el influjo de las historias contadas, y en esas estaba cuando vio que aquella muchacha, Pomposa se le acercaba a pasos lentos vestida, según le pareció, de su mortaja, con un santo Cristo colgado al cuello, y su corona de flores ajadas y deslucidas, como podían distinguirse a los pálidos rayos de la luna que comenzaba a salir.

Agrega el narrador que a ese soldado gallego “le temblaban las rodillas, y siguiendo para él la aparición, sin vacilar sus imperturbables movimientos, llegó a la puerta y pasó junto al centinela, que no pudiendo sufrir más, ofuscado su entendimiento y desfallecidas fuerzas, cayó al suelo sin articular más que con voz debilitada y temblorosa: —¿Quién… vive…?”

Reitero que estuve a punto de abandonar la lectura de La quijotita y su prima por las razones aludidas (reiteración ociosa de discursos moralistas), pero también por la inclusión de episodios inconexos, que distraen cuando precisamente, según me parece, la intención del autor fue justo la contraria: otorgarle amenidad a su obra.

Pero en fin, José Joaquín Fernández de Lizardi ocupa por derecho propio un lugar destacado en la República Mexicana de las Letras, a pesar de que sus prologuistas y apologistas gasten litros y litros de tinta (valga el anacronismo en esta era digital) exaltando sus virtudes de escritor, en un lenguaje sordo, vacío, que consigue exactamente el revés de su objetivo: aleja al posible lector.

Notas|

1.-  Extrañamente, Vicente Quirarte afirmó (http://www.cashum.unam.mx/actividad.php?id=1007) que El periquillo sarniento es la primera novela mexicana, cuando lo cierto es que la primera de ellas, también pionera del género picaresco en México, es Infortunios que Alonso Ramírez natural de la ciudad de S. Juan de Puerto Rico padeció… en poder de ingleses piratas, de 1690, escrita por el más fiel de los amigos de Sor Juana Inés de la Cruz, novela que en algunas de sus partes tiene como escenario zonas de lo que hoy es Quintana Roo.

2.- En el Génesis también se dice que, antes de que Jehová hiciera salir a Eva de una costilla de Adán, la deidad hebrea creó al ser humano, “macho y hembra los creó” y 26 versículos después se dice que Jehová creó a Eva. A partir de este último versículo, se creó la leyenda judía de Lilith, la primera mujer del mundo, que se opuso a la tiranía de Adán, no aceptando, por ejemplo, yacer debajo de él en el acto amoroso, pues ella argüía que Jehová los había creado iguales.

3.- Paraninfos, salón de actos de una universidad donde tienen lugar acontecimientos importantes.

4.- Cefirillos, diminutivo de céfiros, viento suave y agradable de primavera; palabra muy socorrida por la poesía, como la “Oda al céfiro “de Antonino Pérez Rodríguez, cuya primera estrofa dice: “Dulce vecino de la verde selva, / huésped eterno del abril florido, / vital aliento de la madre Venus, céfiro blando”. O cuando Lope de Vega escribe: “Céfiro blando, que mis quejas tristes / tantas veces llevaste; claras fuentes, / que con mis tiernas lágrimas ardientes / vuestro dulce liquor ponzoña hicistes.”

Por Carlos Torres

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