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Un poema inexpugnable

José Gorostiza Alcala

Muerte sin fin, extenso poema filosófico del tabasqueño José Gorostiza, no es ciertamente una obra oscura; lo que ocurre es que su profundidad la hace aparecer así. Su estructura temática es sumamente simple: un vaso con agua, en el que el vaso es la forma y el agua el arte, la materia dúctil, o si se quiere el espíritu.

Por Carlos Torres

A partir de esta dicotomía, el poeta despliega un deslumbrante discurso que en ningún instante baja de intensidad, con lo cual logra que el lector alcance grados elevados de exaltación.

Sin embargo, prácticamente hay una interpretación personal por cada lector, incluidas las mentes más brillantes de la época, pero ninguna logra reducir al poema a una explicación consensuada.

Como apunta Héctor Valdés en su prólogo para la edición de esta obra en la colección Material de Lectura de la UNAM, “si Muerte sin fin es un poema hermético, su dificultad consistiría en querer abarcar todas las lecturas que propone. Es natural que un lector no ad hoc ignore algunos de sus temas y no logre asir el sentido total del poema; mas no por ello la experiencia de la lectura será menos rica. En el solo aspecto poético se logra el encuentro con la obra de arte.”

Es decir, que existen análisis brillantes de Muerte sin fin y uno puede aceptar gustoso alguna parte de ese análisis, pero no es posible aceptar toda la interpretación porque se siente vivamente que faltó algo, que no se llegó a la esencia de la obra.

Debido a ello, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes editó en marzo del 2004 el libro Crítica sin fin / José Gorostiza y sus críticos, en el que desfila lo más lúcido de la intelectualidad contemporánea. Ellos son, por orden de aparición:

Álvaro Ruiz Abreu (selección y prólogo), Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta, Octavio G. Barreda, Ermilo Abreu Gómez, Ramón Xirau, Alfonso Reyes, Merlin H. Foster, Salvador Reyes Nevares, Emmanuel Carballo, José Emilio Pacheco, Lily Litvak de Kravzov, José Alvarado, Marco Antonio Acosta, Eduardo Lizalde.

Además, Miguel Capistrán, Salvador Elizondo, José Joaquín Blanco, David Huerta, Gabriel Zaid, Jaime Torres Bodet, Carlos Montemayor, Alí Chumacero, Antonio Alatorre, Jaime García Terrés, Julio Hubard, María José Rodilla, Guillermo Sheridan, Óscar Wong, Margo Glantz, Susana González Aktories, Pedro Ángel Palou, Anthony Stanton, Juan Domingo Argüelles, María Aparecida da Silva, Gabriel Wolfson, Arturo Cantú, Evodio Escalante y Jaime Labastida.

Cada uno de estos exegetas se interna con pasión y elocuencia en esa selva que es Muerte sin fin (se considera su condición selvática porque se trata de una silva, forma especial de la poesía que proviene precisamente de la palabra selva y cuyos más ilustres ejemplos, aparte del poema que nos ocupa, son Soledades de Góngora y Primero sueño de Sor Juana Inés de la Cruz, obras igualmente complejas, aunque el Primero Sueño, inspirado en la forma de Soledades y que requirió un traductor del español hiperretórico y culterano al español común, es fácilmente descifrable si se le aplica la atención debida.

No obstante, esta multitud de opiniones que no aciertan a dar en el corazón de Muerte sin fin, hay una de ellas, simple, diáfana y me parece que muy certera, que es la de que esta silva está hecha para disfrutarla musicalmente, lo cual es absolutamente cierto, ya que el ritmo no decae nunca y, al contrario, tiene un crescendo que llega dos veces a su apoteosis. En la primera parte es así:

—¡oh inteligencia, páramo de espejos!

helada emanación de rosas pétreas

en la cumbre de un tiempo paralítico;

pulso sellado;

como una red de arterias temblorosas,

hermético sistema de eslabones

que apenas se apresura o se retarda

según la intensidad de su deleite;

abstinencia angustiosa

que presume el dolor y no lo crea,

que escucha ya en la estepa de sus tímpanos

retumbar el gemido del lenguaje

y no lo emite;

que nada más absorbe las esencias

y se mantiene así, rencor sañudo,

una, exquisita, con su dios estéril,

sin alzar entre ambos

la sorda pesadumbre de la carne,

sin admitir en su unidad perfecta

el escarnio brutal de esa discordia

que nutren vida y muerte inconciliables,

siguiéndose una a otra

como el día y la noche,

una y otra acampadas en la célula

como en un tardo tiempo de crepúsculo,

ay, una nada más, estéril, agria,

con Él, conmigo, con nosotros tres;

como el vaso y el agua, sólo una

que reconcentra su silencio blanco

en la orilla letal de la palabra

y en la inminencia misma de la sangre.

¡ALELUYA, ALELUYA!

Segunda parte:

mientras unos a otros se devoran

al animal, la planta

a la planta, la piedra

a la piedra, el fuego

al fuego, el mar

al mar, la nube

a la nube, el sol

hasta que todo este fecundo río

de enamorado semen que conjuga,

inaccesible al tedio,

el suntuoso caudal de su apetito,

no desemboca en sus entrañas mismas,

en el acre silencio de sus fuentes,

entre un fulgor de soles emboscados,

en donde nada es ni nada está,

donde el sueño no duele,

donde nada ni nadie, nunca, está muriendo

y solo ya, sobre las grandes aguas,

flota el Espíritu de Dios que gime

con un llanto más llanto aún que el llanto,

como si herido —¡ay, Él también!— por un cabello,

por el ojo en almendra de esa muerte

que emana de su boca,

hubiese al fin ahogado su palabra sangrienta.

¡ALELUYA, ALELUYA!

Precisamente, este proceso de devoración infinita se instala en el propio discurso del poema, en este caso referido al idioma que se devora a sí mismo hasta quedar “exhausto de sentido”. Veamos:

Porque en el lento instante del quebranto,

cuando los seres todos se repliegan

hacia el sopor primero

y en la pira arrogante de la forma

se abrasan, consumidos por su muerte

—¡ay, ojos, dedos, labios,

etéreas llamas del atroz incendio!—

el hombre ahoga con sus manos mismas,

en un negro sabor de tierra amarga,

los himnos claros y los roncos trenos

con que cantaba la belleza,

entre tambores de gangoso idioma

y esbeltos címbalos que dan al aire

sus golondrinas de latón agudo

Debo confesar que leí este poema siendo demasiado joven y sin la preparación intelectual necesaria para, si no comprenderlo, sí para que no me sumiera en una honda depresión que duró años, de modo que pude decir entonces, como Amado Nervo refiriéndose al libro Imitación de Cristo del filósofo Tomás de Kempis:

Ha muchos años que busco el yermo,

ha muchos años que vivo triste,

ha muchos años que estoy enfermo,

¡y es por el libro que tú escribiste!

¡Oh Kempis, antes de leerte amaba

la luz, las vegas, el mar Océano;

mas tú dijiste que todo acaba,

que todo muere, que todo es vano!

De esta depresión me sacó un poema del español Emilio Prados, quien llegó a México como refugiado de la Guerra Civil Española, y que escribió Circuncisión del sueño, de dulces y diáfanos timbres, en el que también su estructura es muy sencilla, pues se basa en un grano de trigo que al eclosionar puede convertirse en aire, luz, flor, montaña.

Es un canto absoluto a la vida, influido poderosamente por la poesía mística española, y que, en algunas de sus estrofas, refiriéndose al grano de trigo, dice así:

Virgen desnuda voy en voz oculta

—cautiva de mi sangre ajena— a Dios,

al agua, a la semilla, al sol, al brillo

de la luna, a la estrella, a la paloma…

(…) voy con leyendas recordando:

¡la fuente…, ¡el bosque… ,¡el palpitar del río

al viento…, ¡el ave al fiel de un nido ausente…,

¡el sol que en su destino por él cae…

Y dentro, en sus recuerdos: campo nuevo

el cuerpo que sembró bajo mi ausencia

sus cuerpos, ciñe al nido de un abrazo

su voz que, en primavera interior, nace

y, en campo externo, anillo y vida ajusta

a olas de luz, con bodas que me rompen.

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