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Marcel Proust revisitado

Marcel Proust. Imagen de internet.

Nota de Carlos Torres

…las profundidades emocionales de las artes donde sentimos que descendemos al corazón mismo de nuestro ser.

Marcel Proust

Marcel Proust ha dejado una huella profunda entre el público lector, así como en conspicuos artistas, sobre todo por su extensa novela En busca del tiempo perdido, compuesta por siete tomos: Por el camino de Swann, A la sombra de las muchachas en flor, El mundo de Guermantes, La prisionera, La fugitiva y El tiempo recobrado.

Julio Cortázar, por ejemplo, escribió que cada memoria enamorada guarda sus magdalenas, en alusión al célebre pasaje de dicha novela, cuando el narrador y protagonista come una magdalena remojada en té, y entonces su memoria se abre hasta la infancia, recordando detalles de una pasmosa minuciosidad, todo ello nimbado con el inequívoco hálito de la poesía.

No obstante ello, en realidad no se trata de una iluminación súbita y mágica, porque como el propio autor cuenta, el narrador —que es él mismo— debió hacer un esfuerzo extraordinario para aprehender el sentido profundo de esa experiencia, lo cual quiere decir que el propio Proust llegó a ese despertar tipo budista, luego de ahondarse en sí mismo y de esforzados ejercicios espirituales.

Juan García Ponce, por su parte, apuntó que, si alguien no conocía los celos, ahí estaba En busca del tiempo perdido para experimentarlos, lo cual es absolutamente cierto, sobre todo en los personajes de Charles Swann (embrujado por la cocotte Odette) y el propio protagonista-narrador.

Jean Cocteau, en un artículo lo compara a “…una miniatura gigante, plena de milagros, de jardines superpuestos, de juegos entre el espacio y el tiempo, de grandes toques en fresco a la (manera de) Manet…”.

Lucien Daudet, en un artículo en Le Fígaro ve en la primera parte de La Recherche “…una obra maestra con una fuerza de complejidad invisible…”.

Proust obtuvo el premio Goncourt de 1919 con A la sombra de las muchachas en flor y la noticia fue recibida por la izquierda intelectual francesa como una provocación. Pero en el resto del mundo, especialmente en Inglaterra y Estados Unidos, autores como Joseph Conrad, Henry James, Christopher Isherwood y Edward Morgan Forster unánimemente reconocieron el genio de Proust.

En sentido contrario, es tristemente célebre que André Gide haya rechazado publicar la primera parte de esta novela y consideraba a Proust “un snob, un mundano, un amateur”.

La lectura y apreciación de la obra de Proust han dado lugar a manifestaciones y tributos, exposiciones, dedicación de museos, conmemoraciones (placas, nombres de calles, avenidas y pasajes en París, Cabourg, Trouville y Orleans), emisión de sellos postales, subastas (cartas, autógrafos, ediciones originales de su obra), premios, sociedades de amigos, cátedras universitarias y conferencias en Francia.

Otras manifestaciones semejantes han sido registradas en Alemania, Inglaterra, Brasil, España, Estados Unidos, Grecia, Italia, Países Bajos y Suecia. Se han realizado adaptaciones de la obra de Proust a la radio, a la televisión, al cine en forma de cortos y largometrajes, al teatro, y ha inspirado la creación de obras de ballet.

Como muestra del cine inspirado por la obra de Proust se menciona el film de Raoul Ruiz presentado en el Festival de Cannes de 1999 titulado Le Temps Retrouvé, con Catherine Deneuve, John Malkovich, Emmanuelle Béart, Vincent Perez, Pascal Gregory, Marcello Mazzarella, Chiara Mastroianni, Arielle Dombasle y Marie-France Pisier.

El casting brillante y las escenas magníficas le rinden tributo a la monumentalidad de la obra y el film de dos horas 35 minutos es tenido por los críticos como una soberbia evocación del debut del siglo xx.

También es recomendable la cinta Celeste, producción de 1982, basada en el libro de Celeste Albaret Monsieur Proust, película en la que se describen los últimos años de Proust, en los que fue atendido por esta dulce mujer de origen campesino, enfrascado ya compulsivamente en la terminación de su monumental novela, postrado en cama por el asma y alimentándose sólo con leche y pan.

El estudio crítico, el periodismo y las publicaciones periódicas tienen una fuente inagotable en Proust. Las ediciones de su obra, así como de su correspondencia, los testimonios y las biografías sobre el autor, se multiplican en progresión más que aritmética. Y por supuesto, Proust está en Internet.

Precisamente, la edición electrónica de la revista Nexos acaba de publicar en su edición de febrero de 2020, tres cuentos de este autor —“Pauline de S.”, “El misterioso corresponsal” y “Recuerdo de un capitán”— que habían permanecido inéditos. El traductor y presentador de estas narraciones, Álvaro Ruiz Rodilla, comenta:

“En 1949, el biógrafo de Proust André Maurois publica En busca de Marcel Proust. Sus pesquisas lo llevan a conocer a Bernard de Fallois, un joven estudiante de letras, que está haciendo una tesis sobre Proust. Maurois y De Fallois comparten la sospecha de que Proust no pudo haber saltado directamente de esa obra de juventud —Los placeres y los días (1896)— a una de las cumbres de la literatura universal, En busca del tiempo perdido (1913-1927). En aquel entonces, la vulgata dividía la vida de Proust en dos periodos incompatibles: una juventud dominada por el ocio y lo mundano; una madurez hacendosa. Además de la traducción de La Biblia de Amiens (1904) y de Sésamo y lirios (1906), de John Ruskin, no había hasta aquel momento indicios congruentes del Proust antes de Proust. Proust antes de Proust es precisamente el título de una parte de la tesis de De Fallois, de publicación póstuma en 2019. El estudioso ya había exhumado y reordenado, con la intermediación de Maurois y de la familia Proust, las hojas dispersas de la novela Jean Santeuil y el ensayo-novela Contra Sainte-Beuve, ambas anteriores a En busca… Con Proust antes de Proust De Fallois confirma que el francés nunca dejó de escribir para esbozar su ambiciosa obra cúspide y que la psicología homosexual, con su carga de sufrimiento y estigma de época, era uno de los temas que lo asediaban sin cesar.”

Concluye Ruiz Rodilla que “escritos durante la etapa de Los placeres y los días, 1891-1895, los tres cuentos inéditos que aquí recobramos pudieron integrar ese conjunto, pero quedaron fuera por el escándalo que pesaría sobre ellos, considerando las revelaciones implícitas que contienen sobre la sexualidad de su autor. Representan hoy un interesante laboratorio novelesco que ahora completa el rostro del primer Proust”.

Efectivamente, la homosexualidad es también uno de los temas capitales de En busca del tiempo perdido, centrado principalmente sobre el barón de Charlus, Palaméde de Guermantes, cuyo descubrimiento como homosexual abre justamente el volumen Sodoma y Gomorra, en un memorable pasaje cuando el aristócrata y el chalequero Jupien se conocen por primera vez y surge espontáneamente una atracción mutua que es consumada instantes después.

En uno de los tres cuentos mencionados, “Recuerdo de un capitán”, está prefigurada esta atracción espontánea, aunque en él no se relata más que la mera atracción por parte de uno de los dos personajes en cuestión.

A su vez, “El misterioso corresponsal” guarda cierta similitud con “Los crímenes de la calle Morgue”, de Poe, en el que vemos el célebre “misterio de la habitación cerrada”, que tiene un final inesperado y por lo tanto genial, dolorosamente genial.

Obviamente, como han develado biógrafos morbosos, también los celos que el narrador siente respecto de las chicas que fueron sus amantes, estaban enfocados a los muchachos con los que tuvo relaciones.

Los celos que se muestran en La prisionera respecto de Albertine no son provocados por alguna relación de ésta con algún hombre, sino que están enfocados a presuntas, nunca comprobadas, relaciones lesbianas de ella.

Ghislain de Diesbach publicó en 1991 el asqueroso libro Proust, que obtuvo el Gran Premio de Biografía de la Academia Francesa. Digo que se trata de una obra asquerosa, al igual que el jurado que la premió, porque el autor se solaza exactamente en los pormenores homosexuales de su biografiado y de su desaliño en la vestimenta, subsumiéndolo en esa cosa extraña y poderosa que se llama opinión pública, y al hacerlo sumerge a sus lectores en las partes digamos que oscuras de la vida de Proust, y al hacerlo le hace creer al lector “normal” que es superior a Proust, como acontece con las visitadas secciones de espectáculos de revistas y diarios, donde la chismografía sobre tal o cual celebridad despierta un morbo semejante.

¿Cuáles son entonces, aparte de los celos, la homosexualidad, la descripción de la aristocracia parisina de principios del siglo xx, los atributos de En busca del tiempo perdido? En primer lugar, encontramos ahí un estilo límpido, muchas veces barroco, que no desdeña, contrariando las tácitas reglas de la narrativa y el periodismo, acudir a párrafos de tres o más páginas, y a paréntesis que abarcan otras tantas páginas.

La descripción de personajes, iglesias, paisajes, es otra de las virtudes de esta novela, en la que, con ojos de orfebre, de psicólogo, de esteta, su autor nos entrega pasajes verdaderamente deleitosos.

Asimismo, en el último volumen, El tiempo recobrado, vemos con asombro ya no a ese ser frágil, asmático, enamoradizo, celoso, hipersensible, dudoso de sus aptitudes de escritor, que es el autor-narrador, sino a un intelectual de asombrosa lucidez, que discurre brillantemente sobre las artes y sobre la mayor de éstas, el arte de vivir.

Finalmente, como con calzador, recordemos que el más popular quizá de los cuentos de Borges, “El Aleph”, está dedicado al final a Estela Canto, lo cual tiene sus bemoles. En primer término, el “Borges” ficticio que vemos ahí es un personaje igualmente desvalido, desdeñado por la joven que ama, Beatriz Elena Viterbo, a la cual, luego de muerta y sin duda despechado, le atribuye conductas casquivanas, por no decir promiscuas.

En un escrito contenido en mi libro La siega —recopilación de artículos y ensayos culturales publicados en diarios y revistas de Quintana Roo—, titulado “El Aleph”, digo lo siguiente:

“Borges afirma que el Aleph que vio en el sótano de la casa de Beatriz Elena Viterbo, no es el verdadero, sino que el auténtico está en una de las columnas de piedra que rodean el patio de la mezquita de Amr, en El Cairo.”

¿Por qué Borges o “Borges” hace esta sorpresiva afirmación, y hasta duda de haber visto el Aleph, ese muy pequeño círculo no más grande que una moneda, donde confluyen todos los puntos del universo, y que se pueden ver simultáneamente sin transparencia ni superposición?

”Creo que esto ocurre porque Borges, el sagaz y laberíntico escritor, experto en espejos, bibliotecas, laberintos, religiones y literaturas antiguas, quiere descalificar al ‘Borges’ que aparece en ‘El Aleph’, un personaje resentido, vengativo, despechado, engreído, que no gana ningún premio en el Concurso Municipal de Poesía, donde el primo de Beatriz Elena, Carlos Argentino Daneri, detestado por ‘Borges’, gana el segundo lugar.

“Es decir, que ese verdadero Aleph, que nadie ha visto, revelaría la bonhomía de Borges, su generosidad y su modestia, porque su genialidad es reconocida universalmente.”

Estela Canto describe así su relación con Borges: “La actitud de Borges me conmovía. Me gustaba lo que yo era para él, lo que él veía en mí. Sexualmente me era indiferente, ni siquiera me desagradaba. Sus besos torpes, bruscos, siempre a destiempo, eran aceptados condescendientemente. Nunca pretendí sentir lo que no sentía.”

El caso es que Estela Canto, una chica liberal y vanguardista, tradujo entre otras obras En busca del tiempo perdido.

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